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¿Nadie se ha dado cuenta? No es que las películas futuristas no suelan fallar –a menudo maravillosamente– con sus predicciones. Pero cuando te das cuenta de lo de Blade Runner, da hasta cierta ternura. Al menos para mí es la nota de humor que necesitaba para hacer redondo el amor que le tengo a la película, más allá de que sea o no una genuina joya de la ciencia-ficción.

Coches que vuelan, hologramas que te hablan por la calle, puertas que se abren en direcciones raras, ordenadores que actúan con la voz, edificios de escalas inpensables echando llamaradas por los respiraderos, incluso réplicas del ser humano, los propios replicantes. Según el Blade Runner de 1982, en 2017 todo habría evolucionado. ¿Todo? Se podría preguntar Deckard mientras da órdenes su flamante monitor de tubos de rayos catódicos y rechoncho cristal curvo.

Mira tu alrededor, sí, tu, habitante de 2017. Fíjate bien. A primera vista y más allá del diseño de los mismos objetos ¿de verdad hemos cambiado tanto desde 1982?. Ahora mira la pantalla en la que lees estas palabras, mirala de perfil, dale la vuelta…

Efectivamente. Está todo justo al revés. Lo único que en Blade Runner parece no haber evolucionado en absoluto es precisamente lo que más ha evolucionado de verdad: monitores con los que nos comunicamos con nuestras máquinas, las pantallas por las que hoy nos asomamos a ver Blade Runner otra vez, antes de ir al cine a ver la segunda parte.

La secuela de Blade Runner, Blade Runner 2049, a pesar de estar hecha en 2017, ha tenido el detalle de dejar algunas pantallas como estaban en 1982 –en el 2017 de 1982– a pesar de que hayan 32 años más. Las pantallas de tubos ochenteras siguen en funcionamiento en escaparates, talleres y despachos. En realidad casi nada ha evolucionado respecto a la primera película. Por no haber inventado, ni siquiera parecen haber inventado Internet, con lo que habrían cosido en 2049, las dos visiones de 2017, un ejercicio difícil, pero habría merecido la pena.

Blade Runner 2049 sigue al revés.

Por lo demás, aparte de las pantallas y de la ambientación, a la que añaden una fotografía maravillosa, un baño de nieblas lechosas, dos o tres topicazos postapocalípticos y algún inteligente rincón realista –se ve la triste luz del sol futuro y yo me acuerdo de mi madre, la cinéfila que dejó de ver pelis de ciencia-ficción porque en ellas siempre era de noche–… en fin, aparte de todo ese rollo visual tan lírico pero repetitivo, tengo que confesar que a su manera Blade Runner 2049 me ha parecido la negación de la propia Blade Runner.

Blade Runner era una película en la que a seres comunes –robots o personas, da igual pues en aquel futuro eran comunes–, se les enfrenta al dilema de la Existencia, la Creación, la Muerte, el Deseo o el Derecho a la Vida y al Amor, igual si humano o réplica biomecánica. Con unas reglas que podía entender cualquiera y una ambientación que no dejaba pié al misticismo (es decir, una ambientación que respetaba que el misticismo es en relidad una experiencia interior), la película estaba llena de filosofía, metafísica, religión, sabiamente desdibujada por una atmósfera violenta y cruel, y acompañaban además un montón de valientes exploraciones de la arquitectura, el urbanismo y el imagunario futuro de una humanidad tan permeable como saturada, desbordada de sí misma.

Aquel Blade Runner dio para muchos libros y ensayos de entre los que hay uno que no puedo dejar de recomendar: Blade Runner. Lo que Deckard no sabía (Jesús Alonso Burgos, Madrid, 2011). Si vas a revisionar Blade Runner, imprescindible, al menos tanto como un buen cubo de palomitas (que para mí es mucho).

Blade Runner. Lo que Deckard no sabía.

Blade Runner 2049 pretende entroncar el juego de su predecesor, y eso es hermoso sin duda. Lo que no lo es es que empiece negando sus propias reglas y haciéndolo además con un recurso infantil: (Atención Spoiler)

La idea de “el elegido”, el clásico comodín con el que resuelve lo irresoluble como un niño que no sabiendo cómo resolver el juego lo cambia para poder seguir jugando. ¿Te acuerdas cuando de pequeños decíamos aquello de “vale que” + pretérito para ajustar el juego, como si ese ese pretérito imperfecto al contar la historia  tuviese el poder de modificarla? Pues eso, metafísica de párvulos:

¿Vale que que yo era un replicante pero podía vivir más que los demás replicantes?
(…)
¿Vale que me hicieron diferente a los demás pero yo no lo sabía?
(…)
¿Vale que era así porque en realidad estaba destinado?
(…)

No, no vale. Los juegos buenos lo son porque tienen reglas simples y claras, que nos dejan espacio para pensar y resolverlos nosotros mismos. La película de 1982 planteaba cuestiones a seres comunes: seres que podíamos ser cualquiera y cuestiones que por eso precisamente nos afectaban a todos (sí, también a tí, Pris). La introducción de un “elegido” rompe esa virtud y se sale de la filosofía para colocarnos en el mesianismo o, si “mesianismo” os resulta exagerado, al menos en esa insistencia en que “Tu eres especial”, tan típica de la cultura de consumo que ensordece el pensamiento individual en nuestro mundo. No, no somos especiales. Tu no eres especial. Yo no soy especial. Deckard tampoco es especial. Tampoco lo necesitábamos para ser protagonistas de nuestra aventura.

En cualquier caso, poniendo que Deckard sí fuese especial. Seamos serios: ¿De verdad crees que si fueras el elegido, el mejor de tu generación, creado para marcar el futuro… te habrían hecho policía y te habrían mandado a la puta calle a enfrentarte en una noche interminable a un grupo de hombres-máquina capaces de despedazarte a la primera de cambio? ¿Crees que te expondrían a ese peligro si tu destino fuera tan importante?

No. No creo que lo hiciesen. Porque no son tontos. Y el público tampoco.

Deckard no era un elegido. Era un pringado como el tristísimo personaje de la novela de Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que inspira las dos películas –o eso dicen–…. Ahí estaba precisamente la transcendencia de su personaje: la catarsis de un cualquiera que descubre el deseo de los seres de no morir aunque tengan que morir, de amar, de transcender, de no “perderse en el tiempo como lágrimas en la lluvia.”

Fin del Spoiler

Pero eso era en 1982. Hoy en 2017, Blade Runner con la noble intención de abordar una cuestión a todas luces trascendente, una especie de Pinoccio contado hacia atrás, no lo ha hecho sino faltando a las elegantes reglas de su propio juego, y con ello pasando de la ciencia-ficción estructurada a la ciencia-ficción-con-as-en-la-manga, sin excusas para articularse y defenderse a sí misma. Porque sí, porque ya hablamos de esto largamente: la fantasía de ciencia-ficción nace de una loca pero aunténtica vocación de coherencia, quizá no con el mundo, pero si consigo misma, para cuestionar el mundo y explorar sus posibilidades.

HerJoi (Ana de Armas), mi elemento de ciencia-ficción favorito en toda la película
Her, una de esas películas por las que comprender que la ciencia ficción demuestra es cuestión de filosofía y no de efectos especiales. Joi (Ana de Armas) la personaje con el que Blade Runner retoma Her y sigue explorando, aunque de un modo mucho menos sofisticado, la afectividad entre humanos y máquinas.

Envuelto en esta sensación, reconozco que ya me revolví en la butaca cuando incluso en una historia secundaria, secundaria ero con solera, de esas que surgen cuando se explora el mundo en son de ciencia-ficción, al final Blade Runner 2049 copia directamente a otra película Her (Spike Jonze, 2013)…  o es un guiño y quizá, que más que copiar, una película cita a la otra, algo en lo que no le faltarían razones, porque Her es un peliculón, mucho más profundo, complejo y transgresor que la propia Blade Runner 2049.

Cosida con giros infantiles del guión cuando no casualidades de culebrón venezolano, con personajes excesivamente místicos y no pocos diálogos rimbombantes (que a veces recuerdan a aquel maravilloso monólogo del actor Rutger Hauer en la escena final de Blade Runner en 1982…

“Yo he visto cosas que vosotros, humanos, no creeríais.
Atacar naves en llamas más allá de Orión.
He visto Rayos-C brillar en la oscuridad
cerca de la puerta de Tannhäuser.
Todos esos momentos se perderán
en el tiempo
como lágrimas
en la lluvia.
Es hora de morir”
).

…a Blade Runner 2049 le sobra metraje, un metraje que hay que recorrer sabiendo que el guión no se adapta a las reglas sino las reglas al guión. Sigues viéndola, pero un poco como quien juega un videojuego con vidas infinitas, por la curiosidad de ver cómo acaba y para comprender al final que no era para tanto, falto de la emoción de haber jugado de verdad el juego al que nos enfrentamos entonces en Blade Runner.

Intentaré verla otra vez y ver qué me dice, pero por el momento esto es lo que puedo decir de un primer visionado.

Bueno, esto y que encima sigue al revés.

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