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¿Qué es más probable, que un perro eche fuego por la boca o que tenga cinco patas? Razona la respuesta.

Ante esta desconcertante pregunta de examen se vieron un día los alumnos de la facultad de Biología. La pregunta, opcional, aparte del evidente “quesito lucimiento”, tenía sobre el papel el brillo de una moneda de chocolate que ocultara un premio en su envoltorio: un billete al aprobado –¡Enhorabuena, has llegado!–, un empujoncito hacia la matrícula de honor –¡Enhorabuena, lo has bordado!–, o simplemente hacerte subir nota, no tan épico pero que a algunos les encanta. Era cualquier caso un guiño a la inteligencia de quien, consiga o no demostrarlo en el examen, ha entendido las cosas hasta tal punto que ya empiezan a divertirle.

Y si, efectivamente, la respuesta es la que estás ensando: aunque todavía suene a guasa, es más probable que el perro en su evolución llegue a echar fuego por la boca que a que tenga 5 patas. Eso fue al menos lo que respondió en la primera pregunta el 80% de los alumnos. Ante la segunda parte, “razona la respuesta”, la mayoría sin embargo se bloqueó, presos en esa sensación de desamparo que muchos conocemos. ¡Putos exámenes y sus preguntas trampa! ¿Por qué cojones aprender tiene que empezara a divertirme?.

¿Y por qué no? Yo no soy biólogo ni genético, pero conozco la anécdota y me fascina la respuesta. Además me ha ayudado a comprender lo que es para mí la ciencia ficción. Con permiso de biólogos y científicos la simplifico aquí un poco al estilo cátedra-de-cafetería.

La clave de todo no está en si es posible o no escribir el código genético del fuego, sino en si es posible desmontar el de las patas. En el código genético no hay nada escrito que prohíba al perro echar fuego por la boca, pero sí está escrito que el número de patas son cuatro y solo cuatro y además está escrito desde hace muchísimo tiempo. Homínidos, caninos, felinos… mamíferos en general, reptiles, aves, sus primos cercanos los dinosaurios, los peces… Hay que ir mucho más atrás en las ramificaciones de la evolución para llegar al momento en que el reino animal se separó en ramas diferentes según en el modo y la simetría de las primeras fases de división celular y con ello la simetría y forma final del bicho, según la posición de la columna vertebral y el sistema nervioso central, en la espalda, como tu gato o tu hermana mayor, o en el vientre, como el centollo o el cienpiés. Visto desde esta característica genética común y primigenia, un buen grupo de animales, que va desde los dinosaurios a la vecina del 3ºA, todos, absolutamente todos, somos el mismo animal: un animal que desde la concepción empieza con un renacuajo que lentamente desarrolla cuatro patas.

Imagen de Scott Linstfield - www.astronautdinosaur.com
Crossing, del artista Scott Listfield. Imagen de cabecera Make America again tambien de él. – www.astronautdinosaur.com

En contra de lo que puede parecer, esta arquitectura que está desde entonces en el fondo de los genes que compartimos con tantas especies, no es un papiro polvoriento en el fondo de la biblioteca genética. No. Es un trozo de código activo y profundamente implicado en los procesos dan forma a nuestros cuerpos cada vez que se ejecuta el programa de nuestro ADN, repitiendo la historia de millones de años en los meses que dura un embarazo.

La simetría y el número de patas es en definitiva un atavismo muy fuerte y resistente. Ha sobrevivido indecibles años y dios sabe cuántas calamidades, reescrito una y otra vez, entrelazándose más y más al resto del poema genético que ha evolucionado mientras tanto a su alrededor. Hoy día, no es que no pueda cambiar de pronto en una especie, el perro, y producir una nueva extremidad. Sí que puede, pero no sin comprometer el sentido del poema genético entero. Si eres poeta o programador sabrás perfectamente de qué estoy hablando.

En definitiva: es mucho más sencillo que un nuevo gen desarrolle unas líneas más de ácidos nucleicos (un gas allá, una reacción electroquímica acá, quizá la evolución de un eructo sazonada con la ira del ladrido… ) y que el bicho eche fuego por la boca; a que el viejo gen cambie sin destruir el sentido entero del mensaje genético, la viabilidad de todo el animal.

Entre estas dos ficciones, para mí la primera es ciencia ficción, la segunda, aunque una quinta pata suene menos estrambótico, está en realidad más cerca de la simple fantasía.

¿Qué es ciencia-ficción?

No está claro. Las fronteras entre la ciencia-ficción y la fantasía son tan rigurosas como se quiera, pero el ejemplo del perro aclara la cualidad y los tonos del espectro que va de la ciencia-ficción a la ficción sin ciencia. Para mí, la ciencia-ficción es aquella ficción que elabora una tesis ficticia a partir de los límites del conocimiento real y las dudas fundadas en lo que sabemos, de un modo que, si bien sus historias sobrepasan la realidad, están por la lógica de las origina o por las consecuencias que exploran, todavía conectadas a ella.

La ciencia ficción tiene además la curiosa propiedad de ser un personaje más en sus propias historias: planteando preguntas a los personajes que la habitan, exigiéndoles respuestas, influyendo en sus reacciones e interactuando con ellos, imponiéndoles cruelmente las leyes del juego que cada historia de ciencia-ficción plantea. Esto requiere mucha madurez, valor, coherencia y cierta rebeldía para salir del territorio de confort casi infantil de la fantasía, abandonar el parqquecito y explorar el mundo real del que “los adultos” querían protegerte… las jodidas y posibles verdades.

La ciencia-ficción es fantasía, no hay duda, pero siendo fantasía, la ciencia ficción se aleja del simple y sugerente disparate para coquetear con los límites con lo real: la ciencia y lo que somos ahora. Y como todo coqueteo –esa promesa de sexo sin garantías, como decía Kundera en La insoportable levedad del ser–, si bien tiene algo de feliz, también oculta algo angustiado: la búsqueda desesperada de una coherencia, al menos consigo misma con su propuesta, quizá de ahí la atmósfera siempre un poco trágica, siempre un poco triste de películas como Blade Runner (Ridley Scott 1982) o Tron (Steven Lisberger 1982).


En Blade Runner el mundo de 2016 está oscuro, la atmósfera ya no se ve y la lluvia es ácida, corrosiva, insana, prediciendo en 1982 que en 2016 las ciudades serían. Hoy en 2016, en ciudades como Pekín, efectivamente, la contaminación ya no deja ver el sol.
Tron - La melancólica contradicción de un ambiente callejero sin sexualidad
TRON, imagen de Flint deambulando por los bajos fondos del cyberespacio ¿Cómo puede haber bajos fondos con prostitución y chuletas en un mundo habitado por programas, es decir, seres sin instinto sexual? Esta contradicción, que en la primera TRON apenas dura un segundo y se soluciona al final con la liberación y el descubrimiento del “beso” como expresión individual, es en la secuela TRON Legacy (Joseph Kosinski, 2011) un motivo constante, haciendo que más que ciencia-ficción nos parezca estar viendo un video de la Mtv.

La ciencia-ficción parte de una realidad y, tratando de ser fiel a ella, elabora una posibilidad ficticia que sobrepasa sus fronteras. La fantasía va más allá, obviando todas las fronteras, incluso las de la ciencia-ficción. Puede sonar contradictorio pero este es precisamente el valor de la ciencia-ficción: su capacidad de habitar esas fronteras, la fina membrana que nos separa de la fantasía cada instante en que la ciencia avanza cuestionándose lo conocido.

Hay una parte de la física que se llama “física de interfases”: el estudio de ese sutil y finísimo límite entre dos fases de la materia (aceite y agua, agua y aire, por ejemplo), y los intercambios que se producen en ese estraño territorio en que dos realidades se tocan. ¿por qué os suelto esto? Pues porque en suma, la ciencia-ficción es a la ficción, lo que a la física es la física de interfase: una “ficción de interfase”, dedicada al estudio de la fina superficie que separa dos estados de la ficción (fantasía y realidad), y los intercambios que se producen entre ellos. Esto requiere equilibrio, conocimiento, coherencia, madurez y valentía y mucho amor por el oficio de moverse entre las dos realidades como un funambulista… entre soñar y estar despierto, entre la utopía soñada y la pesadilla hecha realidad.

Avatar y la ficción sin ciencia

No me voy a poner aquí a reseñar grandes películas, tampoco voy a hacer un repaso de la historia de la ciencia-ficción. Para eso hay gente mucho mejor que yo, reportajes, libros, ensayos como De King Kong a Einstein. La física en la ciencia ficción de Manuel Moreno Lupiáñez y Jordi José Pont (UPC, Barcelona 1999), una de las mejores colecciones de reseñas de ciencia-ficción; o Física de lo Imposible del físico y divulgador Michio Kaku (Debate, 2009); o incluso programas de radio, como el que mis amigos Jorge y Alicia trazaron en Radio Diane durante varias semanas… Jorge, Ali, si leeis esto, colgad esa maravilla y haced Internet Great Again.

Ensayo sobre física en la ciencia-ficción
 

Después de conocer la anécdota del perro de cinco patas y el perro dragón puede uno entender que ya no es posible ver películas como Avatar (James Cámeron, 2009) con los mismos ojos. La película crea la ilusión perfecta de un planeta vivo con una ecología fantástica pero coherente como la nuestra, en la que hasta un niño podía reconocer una historia evolutiva paralela. En medio de esta exhibición de concepción, medios y talento cuando Cámeron decidió que los Na’vi, felinos humanoides, tuviesen cuatro extremidades, dos brazos y dos piernas, y que en el mismo planeta panteras, felinos como ellos, reptiles y rinocerontes, etc…tuviesen seis, hizo algo penoso: hizo que una posible película de ciencia-ficción se convirtiera en una simple película de fantasía. Quizá pudo contratar aun ejercito de fantásticos diseñadores para crear aquel mundo, pero está claro que no consultó un buen biólogo, no al menos no con uno que hubiese subido nota, o peor, aprobado por los pelos en el examen.

El fallo no era que casi todos los animales tuvieran seis patas, sino que los Na’vi solo tuviesen cuatro. Con este gesto quizá consiguió que quedara estéticamente impactante –rastafaris azules contra animales de seis patas que sugieren fuerza y brutalidad–, pero renunció a la valentía, el riesgo y la responsabilidad que uno asume al lanzarse a la exploración fantástico-coherente que supone un verdadero ejercicio la ciencia-ficción.

Avatar, mucho dinero en diseño 3D y muy poco en biólogos. Lo que hace de Avatar un producto ridículo no es que los caballos tengan 6 extremidades, sino que los jinetes tengan 4.

Lo básico, lo que salva a Avatar de perder su lugar en mi estante de ciencia-ficción –por los pelos y con el examen de biología suspenso–, no es la propuesta de otro planeta, ni siquiera la posibilidad de conectar las almas por USB, ya explorado por películas como Matrix (Lana y Lilly Wachowski, 1999) y en ExistenZ (David Cronemberg, 1999, eclipsada por el éxito comercial de Matrix), no: es la propuesta del avatar en sí misma, la posibilidad de que un ser humano transfiera su mente a otro cuerpo en otro lugar y se infiltre entre seres de otro planeta, un poder que hasta entonces solo había pertenecido a los monstruos, los estraterrestres, los invasores. Esto puso al ser humano al otro lado del espejo, dueño del poder espeluznante de transmutación e infiltración que los alienígenas disfrutaron en películas como Están vivos, They live (John Carpenter, 1988), La invasión de los ultracuerpos(Don Siegel, 1978) o la maravillosa serie “V” (1983, continuada en 2009). AL hacer todo esto con un avatar la película toca de lleno a un público que hace solo una década empezaba a usar “avatares” en Internet, que es otra forma de espacio, con su ecología, sus posibilidades de explotación, socialización y conflicto…

La invasión de los ultracuerpos, una película sobre el peligro de dormir

A la derecha reptil extraterrestre de la serie V (visitantes) emergiendo de su avatar con el que se hace pasar por ser humano en la tierra como los seres humanos se hacen pasar por Na’vi en su planeta en Avatar

OBEY no es una marca comercial, es un imperativo y significa OBEDECE
Están vivos, They live (John Carpenter, 1988), una manifiesto contra la dominación del ser humano a través del consumismo. Curioso que hoy día OBEY (OBEDECE, una de las órdenes principales ocultas bajo la publicidad en la películas) sea una conocida marca comercial.

Pero ya era tarde para elogios. ¿Nosecuántos millones en en crear un ecosistema creible para acabar jodiéndola con las patas? Mi respeto hacia Avatar como amante de la ciencia-ficción estaba ya por los suelos. Me limitaba a disfrutar de la superproducción como si fuese de una enorme hamburguesa del Burger King.

Interestellar, un poso de inteligencia en la imbecilidad Interestelar

Cinco años después de Avatar se estrena Interestellar (Christopher Nolan, 2014), una película con verdadera voluntad de mantenerse en las fronteras de la física actual, esa física que hoy está cambiando la forma de entender la realidad y de la que todo el mundo pretende untilizar para legitimar pseudofilosofías, microreligiones positivistas y estrategias espiritualoides con genética de viral en internet. “La ciencia dice que… “, “Según la ciencia…”, “La ciencia confirma… “, etc… Si la ciencia es en las películas de ciencia-ficción un personaje más, hay gente que en la realidad la trata como si fuese una sola persona. En realidad la ciencia son muchas personas y la mayoría no trabaja confirmando, sino dudando de las cosas, siguiendo heroicamente el método científico, mientras el mundo se llena de chorradas.


Close up – McDonalds, del artista Scott Listfield. – www.astronautdinosaur.com

En este escenario intelectualmente triste que son hoy Internet, Hollywood, la política populista,…   Interstellar acata valientemente la rara contemporaneidad de la física. Unas veces enfrentándola un realismo desconcertante, por ejemplo cuando la relatividad obliga a uno de los personajes a envejecer ventitantos años fuera de escena, mientras el resto vive unos días de aventuras que a nosotros apenas nos parecen media hora en nuestras butacas –he pensado mucho en esos ventitantos años, qué putada–. Otras veces, con una ingenuidad enorme pero loable, llevada al extremo de imaginar la vivencia de la “teoría de cuerdas”.  El resultado como experimento estético es bastante efectivo pero… ¿la realidad tocando a la realidad?…

La película tiene referentes sólidos. Admira 2001, una odisea en el espacio (Standley Kubrik, 1968) e incluso le lanza entrañables guiños como a un pretendido hermano mayor. De estos guiños el más simpático es la forma básica del robot que acompaña la expedición…

TARS en movimientoTARS, el robot de <em>Interestellar</em>, haciendo de monolito de <em>2001, una odisea espacial</em>TARS, robot coprotagonista de Interstellar, en reposo y en movimiento.
Monolito, 2001 una odisea en el espacio
Monolito de 2001, una odisea espacial, presente en la habitación de recibimiento a los futuros guardianes de la Tierra, cosa que solo se entiende si lees la novela de Arthur C. Clarck, porque la pelí de Kubrik… madre mia.

Son saludos descarados de una película a otra, a través de los más 40 años de estanterías llenándose de ciencia ficción, saludos muy sinceros y llenos de vocación, aunque en Interestellar a veces los personajes parezcan haber caído dentro del libro de física como quién hubiese caido dentro de Alicia en el País de las Maravillas.

En cualquier caso, la película no se traiciona a sí misma contradiciendo la ciencia que hace viable su fantasía. Leal al espectador, lo acompaña al fondo mismo de su aventura.

Lo que puedes aprender con la ciencia-ficción

Las palabras ciencia-ficción puede banalizarse tanto como se quiera. Basta con que salgan unas navecillas espaciales o un monstruo horrible para que alguien lo llame ciencia-ficción. El término se desvirtúa, se manosea, se devalúa. Quizá por eso hay quien dice que la ciencia-ficción es una chorrada de frikis de la que no se saca gran cosa. En lo que a mi respecta, se equivocan…  y lo que es más triste, se lo pierden.

Para mí, ciencia-ficción no es una trama de monstruos y naves espaciales, tampoco una película de reyes y caballeros es ciencia-ficción sólo porque convivan con bichos de otros mundos, se batan en duelo con espadas láser y se desplacen en naves espaciales… (¿con alas?) Tampoco es, como ya he dicho, una tribu de felino-sapiens azules defendiendo su ecosistema de las gigantescas motosierras del neoliberalismo y haciendo el amor con rastas USB. Adentrándonos en territorios más serios y rudos, tampoco ciencia-ficción es Sigurney Weaver persiguiendo a Alien con un lanzallamas. No. Ciencia-ficción es el Alien en sí mismo, la cruel coherencia de su biología, teorizada en Alien, el octavo pasajero (Rodley Scott 1979). Ciencia-ficción es el experimento genético y la relación afectiva entre Ripley y Alien expuesta en Alien IV, Resurrection (Jean-Pierre Jeunet, guión de Joss Whedon 1997) al ser clonados del mismo tejido. Disculpen la gamberrada de este video…

Todo lo demás, sangre, babas, tiroteos, lanzallamas, vocecitas torpemente computerizadas… es pura morralla, pero no ciencia-ficción.  No al menos la ciencia-ficción que ensaye un avance o un descubrimiento, un lugar todavía imposible de nuestra propia ciencia, tratándolo como si fuera posible y explorando sus consecuencias con la imaginación.

Hoy ni siquiera hace falta, para asomarse al futuro, la estética fatalista hipertecnificada con la que Blade Runner nos imaginó a todos, habitantes de 2016, en 1982. La ciencia-ficción, en la sociedad acelerada de la inmediatez y el precariado, se acelera también.  Del mismo modo que la digitalización está siendo mucho más hermosa de lo que pensamos, con preciosos Iphones y el delicioso diseño de sistemas operativos… El futuro coindide con el presente y uno puede ver ciencia-ficción sin salir de lo cotidiano, hacerse preguntas relevantes de ciencia-ficción, con películas como Her (Spike Jonze, 2014), en la que se estudia la posibilidad de que un ser humano se enamora de sus sistema Operativo, como si uno de nosotros se enamorara de Siri o Cortana. Quiza Siri o Cortana puedan parecer estúpidas (y lo son), pero el robot Asimo no lo es… y las preguntas que el caso plantea ¿puede aprender una máquina a dar cariño? ¿a cuantas personas es capaz de amar?

Her, de Spike Jonze, una joya de la ciencia-ficción contemporánea.

Quizá por eso, cuando digo ciencia-ficción no solo me refiero a películas que exploran lo tecnológico, sino también a aquellas que ensayan un acontecimiento extraño en la realidad y a pesar de no llegar a explicarlo, mantiene una honesta vocación de coherencia con ella. Cuando digo ciencia-ficción no solo me refiero a películas como Odisea 2001, Matrix o Ultimatum a la Tierra (original de Robert Wise, 1951 y reposición, que no está mal, de Scott Rerrickson); con ciencia ficción me refiero también a lo lo que hizo Scott Fitzgerald al obligar a Benjamin Button a vivir el envejecimiento invertido en 1922, historia llevada al cine como El extraño caso de Benjamin Button por David Fincher en 2008; o lo que hizo Woody Allen en Midnight in Paris (2011), otro de sus alegres ensayos psicológicos sobre el problema de elegir en el que extiende la posibilidad de elegir incluso dentro del tiempo mismo, abierto de pronto para viajar en él.

Benjamin Button a los 13 años, aunque parezca coña
Benjamin Button a los 13 años

Con la ciencia-ficción, además de pasártelo teta se aprende, no solo a explorar críticamente las fronteras de lo imposible sino sobre todo nuestras reacciones ante él y las reacciones de la sociedad que creemos conocer. Planteando preguntas, ensayando respuestas, desmontándolas otra vez, habitando como un científico entre la curiosidad infinita y la duda metódica, con unas serias ganas de disfrutar la terrible belleza del mundo.

Arthr C. Clark, autor de 2001, una odisea espacial, lo sabía. Creador, amante de la ciencia ficción, supo utilizarla para explorar el futuro con la imaginación y comprender la infintud de sus posibilidades. En este video, una de sus locas predicciones de frikis… lo imposible: Internet

El increible amor oculto en la ciencia ficción

Quizá por ese espíritu de duda metódica sobre las fronteras de la ciencia y de la tecnología, es decir, por desconfianza en el tecno-utopismo buenrollero siloconvallehermoso (que hace años que no solucionan mucho más que pedir un taxi o alquilar una habitación), las mejores películas del género muestran una realidad tan fascinante como fatalista, a veces aparentemente lejanas como Blade Runner, donde siempre es de noche –aunque en Beijin hoy la contaminación no deje ver el sol–, otras tan siniestramente cercanas a nuestro tiempo como Hijos de los Hombres (Alfonso Cuarón, 2006) en la que se explora cómo reaccionaría nuestra sociedad si todos nos quedáramos estériles y ya no hubiera más nacimientos.

Sin embargo, no se dejen engañar: si la realidad de la ciencia-ficción tiende a ser monstruosa, grotesca –a veces elegante a pesar de todo, como en Gataka (Andre Niccol, 1998)–, no es por un rechazo la ciencia y la tecnología sino porque precisamente se cimienta en una terrible fascinación por ellas: por la ciencia porque como producto de la curiosidad nos habla del universo, por la teconología porque como aplicación del resultado, nos habla de nosotros mismos, de nuestras intenciones y nuestras libertades al buscar, al descubrimiento, una utilidad que responda a nuestros deseos.

La ciencia ficción ama tanto la ciencia y la tecnología que se entrega a ellas para enfrentarse a la realidad con todas sus consecuencias (tecnológica, biológica, social). Quizá sea por eso que cuando ese idilio no es radical surjan películas como Avatar, y y cuando sí lo sea surjan películas como La Mosca (David Cronemberg, 1986), una de mis películas favoritas, una verdadera historia moderna de ciencia-ficción clásica, monstruosa y romántica a la vez, como las historias de Verne, Sheley y Stevenson. Porque es ahí precisamente, en ese amor incondicional por la ciencia y la tecnología, donde género se llena de fuerza, dispuesto a descender con ellas al infierno; y es allí donde los amantes de la ciencia-ficción, con la boca atiborrada de palomitas, nos retorcemos en nuestras butacas, presas de esa emoción que nadie comprende.

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One thought on “¿Que es (para mí) ciencia-ficción y por qué (me) importa tanto?

  1. Mamíferos con cinco patas, o tres brazos, o dos cabezas nacen frecuentemente por mutaciones genéticas. Hechar fuego supone un combustible, un iniciador del fuego y unos epitelios capaces de resistir.

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