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Me despierta la muerte. Un sueño con olor a muerte que llena toda la habitación. Muerte en la manta. Muerte arremolinada por el suelo entre la ropa de ayer, donde busco mis zapatillas.

Muerte en el silencio y en la oscuridad de la casa. Muerte camino del baño como una sombra pegada a mis pies. Enciendo la luz. Muerte en los azulejos, en la bañera y los estuches de maquillaje que K. se dejó abiertos anoche. Me lavo la cara y los dientes. Vuelvo a la habitación.

No puedo dormir con este sabor a muerte, a cable viejo y facturas de posguerra. Salgo de nuevo del cuarto. Tras el cristal de la enorme ventana del salón el cielo azulea. Bajo el azul oscuro los edificios me observan amparados en un proceso que no quiere que comprenda. Flotando en las fachadas, como iconos en el escritorio de un triste ordenador que alguien hubiese dejado encendido al dejar la oficina, algunas ventanas iluminadas delatan a otros desvelados y sus historias mal archivadas.

Encender la luz cuando aún no ha amanecido tiene un triste sabor a Lunes. El sonido de las cosas, por pequeño que sea, tiene una presencia colosal. Me llevo al baño el molino eléctrico de café. Muelo el café sosteniéndolo con las manos en el bombo de la lavadora para no despertar a K., que duerme plácidamente sin saber que me ha despertado la muerte. Así, con las manos dentro de la máquina, pulso el botón del molino. Escuchando su zumbido amortiguado por el aislante de la lavadora, me alegro de cómo una vez más, mis más peregrinas ideas siempre, siempre funcionan.

Con el café humeante me siento a leer en este silencio de Lunes que se ha colado en el Sábado. Leo muy concentrado, sorbiendo el café recién hecho y engullendo de cuando en cuando puñaditos de las palomitas que sobraron del cine de ayer. Frances Ha. sobre una chica con pésimas habilidades sociales. Pretenciosa y tópica, jodídamente aburrida. No la recomiendo. Pero eso fue ayer. Ahora leo. Leo y las palabras me sisean en la lengua y me acarician la garganta, sobre todo cuando las releo, bajito, maravillado por el placer de leerlas.

Leed El bosque animado, dejar un momento lo demás. Daros una pausa. Coged este libro viejo, abridlo y dejad que os cuente lo que tiene que contar. Dejad un momento lo demás para ver cómo el libro os trae por sí mismo a lo demás; lo demás que es el todo que estamos siempre persiguiendo y que el libro devuelve como liberándote de un hechizo.

La historias de El bosque animado hablan de un bosque animado, pero un bosque de verdad, animado como solo se anima el bosque cuando entras en él y de pronto te parece que no solo esta vivo sino que además te observa; un bosque como solo los niños pueden pensar que los bosques son, habitado de ese modo terrible del que tan oscuramente disfrutan los adultos.

Entre la prosa poética y el cuento El bosque Animado es uno de esos libros que te parece escrito para niños con tal perfección que a quienes alcanza es a los adultos. Porque sí, porque a los niños en realidad lo que esos libros les parecen, tan líricos, tan sabios, es un soberano coñazo… ¿O es que soportabais Platero y yo de pequeños? ¿y el Principito? Vaya cursilada. Pienso en Roal Dahl, en Juan Ramón, en Saint-Exupéry, en Gloria Fuertes… en Wenceslao Fernández Flórez, un tipo cuyo nombre y cuya foto en wikipedia me habrían dado ganas de salir corriendo cuando era niño. Pienso en lo maduro que he tenido que hacerme para estarme quieto y dejarme mecer sin rechistar en las palabras de estos escritores. Hoy los releo dándome cuenta de algo: que a poesía es a veces la única manera de alcanzar al niño que se lleva dentro y calmarlo, y de que lo más terrible de ello es que para comprenderlo primero tienes que ver al niño alejándose de tu monstruosa madurez.Y allí está el bosque animado, esperándonos a todos. Al niño que llevas dentro y a ti que lo persigues.

La muerte, el sueño, la noche, el viento, los árboles, la luz misma que pasa entre sus ramas, el murciélago, el perro hambriento y su sombra hambrienta, el zorro partisano, las moscas socialistas, las almas en pena que nunca se van, las campanadas, bajando del cielo, colándose en las casas y llevando su mensaje: En El Bosque Animado la humanidad se traspasa a las otras cosas del mundo que, personificadas, hablan por fin y se confiesan. Hay algo enormemente cálido en sus voces, algo que solo te pueden contar al abrigo de un café o al calor del cuerpo de K., cuando acurrucándose contra mí y me pide que le lea el libro voz alta.

Poco a poco, leyendo este El bosque Animado me reconcilia con la vida de las cosas, con la muerte de las cosas, que me había despertado y con la que estaba tan enfadado; con el mundo que tras el cristal detrás la ventana se deja por fin de oscuridades burocráticas y rancios secretismos, recuperando su forma en silencio.

***

Imagen: Curiósamente la mejor imagen que he encontrado para este post viene de otro libro, Fatras, libro de poemas y collages de Jacques Prévert. Creo que no hay traducciones del español (traductores, reaccionen, ayúdennos a burlar a la muerte) y el original en francés, una de las joyas de mi biblioteca, es difícil de encontrar. Claro que con e-bay las búsquedas hoy día ya no son tan difíciles… ni tan épicas. A me me lo regalaron, es decir, los buscaron para regalármelo. Ahí es nada.

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