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Podía empezar a trabajar con los refugiados al día siguiente, sin embargo les pedí esperar al Lunes para poder cerrar los asuntos pendientes, entre ellos una exposición que habría el viernes en Berlín y de la que yo era comisario responsable.

El viernes por la mañana, antes de salir hacia Berlín, suena el teléfono:
–Ruibarbo, ¿Cuándo empezamos?…
–¿Señor Feuerbach?…
Reconozco la voz del jefe de un estudio de ingeniería al que me presenté hace unos meses…
–…Señor, Feuerbach, buenos días. Llevo esperándole 4 meses… mmm…

Con el teléfono en una mano y el contrato en la otra, hago lo que creo que hay que hacer cuando las cosas de complican y quiero que salgan adelante. Sin enredarme más en matices diplomáticos suelto la verdad tal y como florece por dentro.

–Lamento decirle que ya he encontrado un trabajo y que empiezo el Lunes. Sin embargo me interesa mucho saber qué me ofrecen… ¿Tendríamos tiempo de vernos hoy y hablar?
–Hoy me es imposible.
Mierda. Respiro hondo y me lanzo sabiendo que estoy a punto de pringarle el fin de semana a quien podría ser mi futuro jefe.
–¿Hay una manera, por remota que sea, de que vernos antes del Lunes?
–Mañana Sábado.
Dice él, muy tranquilo. Ha colado.
–Genial ¿a las 10:00 de la mañana?
–A las 10:00 de la mañana.
–Ahí estaré. Me alegro mucho. Gracias y hasta mañana.
–Hasta mañana.

Cuelgo el teléfono con un sabor amargo en la boca. Delante de mi hay un fajo de periódicos y todos hablan de la crisis de refugiados en cada una de sus secciones.. política, economía, mercado laboral, cultura… Escaleras abajo, en la calle, todo se está moviendo. El gobierno pone fondos. Ayuntamientos, fundaciones y empresas ceden sus espacios. Organizaciones y asociaciones de todo tipo trabajan intensamente para crear el equipo humano necesario para coordinar la acogida de miles de personas. También hay quien cuestiona todo esto. No está tan mal. Hay debate. El problema es la intolerancia, que lía mucho follón por pocos que sean.

Me acuerdo de Magdalena, de Frida, De Antonio, de Oli, de cómo después de meses de incertidumbre laboral e incluso en el desempleo, trabajaban ahora ocupándose de algún modo de los refugiados.

Ahora que iba yo también a formar parte de eso todo eso, ejercer mi comprimiso social con esta crisis, ser además pagado por ello y encima protegido de toda la mierda en que llevo años tragándome en el indolente mercado laboral de la arquitectura en Europa… entonces me llaman de un estudio de arquitectura y sin saber ni si quiera qué me ofrecen me pongo a mover el rabo como un perrito.

De algún modo comprendo que aceptar el trabajo con los refugiados, si bien cargado de dignidad e idealismo, supone también prolongar dos años más el tiempo que llevo fuera de la Arquitectura, dos años más sin actualizarme, sin practicar, tras los que será cada vez más difícil volverme a embarcar.

Cuelgo y me quedo así, sólo en el silencio de una mañana cualquiera, debatiéndome entre formar parte activa de la realidad que sacude el mundo o seguir sin desviarme la carrera que había fluido siempre al margen de todo esto.

Al día siguiente Herr Feuerbach abre la puerta con esa misma sonrisa enorme y afable de hace cuatro meses. Estamos solos en el estudio, que me enseña despacho por despacho, a las puertas de cada cual Feuerbach me habla de cada uno de los compañeros por su nombre de pila, como si estuvieran ahí sentados y fueran a levantar la vista del teclado para saludarme.

Es un tipo grandote, campechano, con una voz profunda que parece emerger directamente la gran papada, satisfecho de cosechar los frutos del éxito a una edad a la que muchos todavía estamos cultivándolo.

Tiene además el detalle, cuando no la inteligencia, de no recurrir a las típicas preguntas y topicazos de las entrevistas de trabajo, ahorrándonos a los dos el ridículo chorreón de positivismo, provocaciones gratuitas, palabras manidas y promesas engominadas. En lugar de todo eso, Feuerbach me explica claramente cuáles son sus objetivos y las cosas que necesita y me pregunta, mirándome a los ojos con la humildad de quien sabe que ya tengo otro trabajo, si todavía quiero trabajar con él para conseguirlos.

Claro que puedo. Le digo sin dudar. No es un sí firme. Es solo la confirmación de que puedo. Bueno, pues va a ser que al final nunca dejaré de ser arquitecto, me dice una voz interior. Tengo que concentrarme en escuchar a Feuerbach mientras intento resistirme a que todas las células de mi cuerpo empiecen a despedirse de la idea de trabajar con los refugiados, gente que necesita cosas, para pasar a hacerlo para quienes probablemente tienen cosas de sobra y por eso quieren invertirlas: los promotores, a los que tanto cuesta convencer de apostar por la arquitectura con la que uno quisiera mejorar el mundo.

Feuerbach saca el contrato del cajón y me lo da para que lo lea.

Hostias. Como antesdeayer en el campo de refugiados, el contrato de Feuerach no es un contrato de falso autónomo, ni siquiera es un contrato verdadero autónomo. Es otro contrato de trabajo normal, con una pila de impuestos –estamos en Alemania– y otra pila de derechos –estamos en Alemania–.

Intentando disimular la estúpida sonrisa que me sube a la jeta, comparo mentalmente todas estas condiciones de los dos contratos. No es solo que sean las mismas condiciones, aquellas de las que parecía que muchos nos habíamos despedido, no, es que además el sueldo ya no solo se aleja del mínimo en Alemania, sino que alcanza tranquilamente la media de los arquitectos en la región; una media que se debe mucho a los pueblos donde nadie quiere vivir y de la que sólo sabemos de oídas los arquitectos de ciudad, acostumbrados a su paisaje culturalmente excitante pero jodido para vivir, con precios altos para la vida y competitivos para las personas. Incluso mi asesora del INEM alemán –si, te ponen un asesor que te pincha para que busques trabajo– me dirá, unos días más tarde, que en veinticinco años de servicio jamás había visto un contrato para un arquitecto con esas condiciones.

Pero ¿Qué cojones pasa? ¿Se han vuelto todos buenos de pronto? ¿Es esto el buenismo? Si no es el buenismo… ¿es entonces el fin de lo contrario del buenismo? ¿El ocaso del malismo –que yo identifico con la generación de mis padres, convencida de que el sufrimiento es admirable y orgullosos de vernos matarnos a trabajar por nada–?

Feuerbach comienza a disculparse por un periodo de prueba con cien euros menos de sueldo. Yo miro a mi posible futuro jefe con incredulidad, admiración y hasta cierto cariño. Me pregunto si es un ingenuo como yo o si no será que en realidad no soy ningún ingenuo y que él, un hombre de éxito que ofrece contratos amables, es la prueba viviente de que no lo soy.

Ahora si que sí. Parece que nunca dejaré de ser arquitecto. Todo lo demás: el activismo, el compromiso social, como el arte y la escritura y tantas las cosas que me importan, serán de nuevo relegadas al tiempo de los hobbies.

¿Todo este tiempo escribiendo sobre cómo la solidaridad ha reactivado y mejorado nuestras vidas para dejarlo ahora yo mismo por el espejismo de prosperidad de la carrera de siempre, probablemente de espaldas a los problemas del mundo? Quizá tarde años en responderme a esto. Lo que no se es cómo voy explicárselo el Lunes a Juno y a Thomas sin parecer un miserable que salta del barco.

Las ventajas y desventajas se suman y restan todavía entre mis sientes como las bolitas de un ábaco, cuando de pronto Feuerbach saca una gran carpeta y extiende sobre la mesa lo que será el primer proyecto del que tendré que encargarme: La reforma de un antiguo edificio de la RDA… en alojamiento para refugiados.

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Imagen: Maqueta del Monumento a Lázaro Cárdenas y a los desplazados por la guerra, en conmenoración de la solidaria acogida que México ofreció a los refugiados de la Guerra Civil Española. Del arquitecto cordobés Franzisco Azorín Izquierdo (parte también del grupo de asilados españoles), su hijo Ángel Azorín Poch y su nieto Telmo Azorín Bernárdez, ambos arquitectos también.

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