Home

Lo que habría dado por sacar una instantánea de aquellos cajones de fruta que amontonamos hasta el cielo. Pero entonces no lo pensé. El tiempo es así: inversamente proporcional al interés que se tiene por él. Un niño ignora todo lo que tiene por delante. De pequeños eso de inmortalizar el momento era una tontería demasiado seria para preocuparnos… Otra foto, no, mamá, ay, qué coñazo, vale vale, no digo palabrotas.

Lo mejor era que mientras la construíamos, subiéndonos los unos en los otros, y los otros en una escalera de cajas que rodeaba la torre como un zigurat; mientras se nos caía y la volvíamos a levantar con más mimo y tesón todavía, y sobre todo con mucho cuidado de no vencer el límite de vuelco al que con cada caja nos acercábamos espectacularmente… mientras comprendíamos la espectacular física de aquello, nos partíamos de risa imaginando la cara del Jeromo cuando llegara por la mañana en su tractor y encontrara las cajas de naranjas formando aquel esbelto monumento en medio de la mañana. Una torre de 35 por 40 centímetros de base y más de 3 metros de altura, tan alta que ya oscilaba con la brisa de la tarde. Nos lo imaginábamos así, mirando a un lado, mirando al otro, en medio de esa niebla que tienen los valles fértiles al amanecer y ese silencio que solo rompen las piedrecillas bajo las alpargatas al caminar; ese ambiente que cambiando las alpargatas por unas Converse se volvía tan propicio para ambientar películas de extraterrestres de los años ochenta. Casi escuchábamos al Jeromo cagarse en la madre que los parió, hablando solo en medio del silencio, atónito, cabreado, o quizá mondándose él también de risa –una risa en medio del silencio– por las cosas increíbles que pueden pasar cuando dejas cinco críos con no poca imaginación sueltos por el campo en una tarde de domingo.

Lo que habría dado uno por tener una instantánea de tal proeza, pero era aún el tiempo no existían móviles ni cámaras digitales. Quizá gracias a que no existían estábamos allí, buscando por el el campo algo en qué entretenernos, mientras los adultos tomaban café, dormían la siesta o hacían lo que quiera que entretenga los adultos cuando se largan los niños por fin… en aquel aburrimiento, tan sensual, de una vida sin smartphone. Todavía analógicas y con la pasta que costaba la fotografía, las cámaras de aquel tiempo eran dominio ñoño y bastante coñazo de los adultos: eran tener que estar peinado y dejar de hacer el payaso, era interrumpir el juego para saludar a algún familiar, era posar y sonreír deseando escapar en cuanto pasara el trance absurdo de la inmortalidad, la formalidad y la obediencia. Si, la maldita cruz de las cámaras les tocaba solo a ellos. Y ellos eran los únicos que podrían haber documentado la increíble poética de lo que estábamos haciendo, que de algún modo nosotros habíamos comprendido pero que no podíamos explicar sino imaginándonos la cara de asombro de Jeromo cuando llegara por la mañana.

En lugar de eso, los mayores vinieron corriendo en cuanto vieron las cajas de fruta asomando por encima de los naranjos. Habíamos violado las normas. Habíamos violado la gravedad. ¿Estábamos locos? ¿En qué coño estábamos pensando? En cuanto llegaron nos obligaban a alejarnos prudencialmente mientras pensaban una solución en sus cabezas –ahora lo sé- confundidas de adulto. Al rato, como nadie sabía como deshacer la torre sin arriesgarse a que se le cayera encima, cedieron a nuestra propuesta, sencilla pero contundente: derribarla a limonazos.

Habíamos pasado horas construyéndola. ¡Pero qué más daba!. Era una delicia verla caer, ser los privilegiados que por una vez tenían permiso para romper algo aunque solo fuera el precario equilibrio de nuestras propias travesuras. Nuestras madres miraban muy preocupadas, mordiéndose los labios, con cada limón que cruzaba silenciosamente el cielo y se perdía entre las hojas del huerto sin tocar la torre… Uyyyy, uyyyy, decíamos cada vez, uyyy. Hasta que ellas mismas se nos unían primero tímidamente…

–Uyyyy….
–Uyyyyy…
Luego ya sin pudor…
–UUUUUYYYYYYYYH
–UUUUUYYYYYYYYH

Hasta que uno de nosotros daba en el blanco y aquello comenzaba a tambalearse. Y en ese momento, como si la inspiración estuviese en esperando detrás del primer golpe, todos comenzábamos a acertar.

La torre cayó con gran estruendo en apenas unos segundos. Solo en ese momento me dí cuenta de que el cielo al fondo ya estaba oscurecido. Luego nos llevaron a suaves collejas hasta la casa, mientras entre risas contenidas, intentábamos defender lo que hoy en el mundo del arte y las revistas de nuevas tendencias llamarían “la potencia poética de nuestro proyecto”. Las collejas nos las pegaban no por nada, sino porque era el único modo de que no nos volviésemos y nos diéramos cuenta de que en realidad se les estaba pegando la risa. En cualquier caso, con collejas o sin ellas, con risas o conteniéndolas, ya nada podía impedir que el día fuese ya el que era, cerrada su posibilidad de ser Aquel Día y no otro: el día en que los pequeños construyeron una altísima torre de cajas de fruta que oscilaba con el viento. Quizá nunca nos hubiésemos sentido tan afortunados si no hubiese sido por la fugacidad del espectáculo de la torre que ya nadie lo volvería a ver, ni siquiera nosotros que la habíamos construido, lo cual nos convertía en tipos únicos en el mundo. Y todo precisamente por eso, porque aquella tarde sin cámaras no había postproducción posible, la felicidad era una experiencia completa, sin necesidad alguna de exprimir una gota más.

Share

One thought on “La travesura del día

  1. Geniales recuerdos, tan bien contados, tanto placer al leerlos como al revivivirlos. Un tarde de domingo …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *