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El nuevo compañero de piso de Elena es un refugiado de los que tanto se habla últimente. Anoche Elena nos invitó a una fiesta que montaban para darle la bienvenida. Es Octubre de 2015 y los refugiados en Leipzig comienzan a ser una realidad en el paisaje social de la ciudad.

Yo me imaginaba la fiesta como un evento tranquilo, con música bajita, probablemente folk de distintos países, mestizaje, este oeste, etc… intercambio de comidas típicas, contrastes culturales y pacientes conversaciones en ese inglés que si bien no todos dominan del todo, es más que suficiente para conocerse y reír juntos.

Cuando llegamos al piso, con una gran botella de gazpacho, nos encontramos una fiesta con DJs, gente bailando, charlando a voces, risas sin origen definido, bebidas que vienen y van, prosts, cheers, abrazos, presentaciones, reencuentros, amigos de amigos… y en medio de todo al Saïd, el refugiado, en pié con un vaso de papel en la mano, un tio joven, alto, con gorra hacia atrás, sonriendo a todo el mundo pero dramáticamente dubitativo a la hora de hablar con nadie en concreto.

Tu eres el nuevo compañero de piso. ¿no? Bienvenido… ¿de donde eres? En un alemán A1 de menos de dos semanas, me da las gracias y me cuenta que es de Libia. Qué bonito, Libia, pienso recordando a los presentadores de radiotelevisión cuando oyen que alguien es de Libia, de Rentería o de Alcorcón o de cualquier sitio del que no saben nada. Hago acopio de toda mi dignidad para no soltarle la misma gilipollez… pero entonces, ¿qué le digo?

Lo primero que oí en mi vida de Libia fue lo del Plutonio que el científico de Regreso al Futuro (1985) le compró a unos “terroristas libios” y por el que él nunca les pagó. Ahora, delante de Saïd, me doy cuenta de que nadie en todas las salas de cine se cuestionó entonces… ¿qué es un “terrorista libio”? ¿es Libia una causa o un país? ¿Es “libio” una razón para matar? –¿lo es américa?–, ¿era en 1985 ser libio igual a ser terrorista? ¿lo es hoy?… Así fué cómo Libia apareció por primera vez en mi imaginario cultural a través de una inocente comedia americana.

Lo siguiente que sé de Libia es lo que ha pasado allí en los últimos años: la guerra que echó abajo la dictadura de Gadafi para “traer la democracia” (un cabronazo al que nunca he tenido claro si los demás países tienen simpatía o antipatía, las dos a la vez, o simplemente lo que convenga)… y el caos absoluto que ha venido después.

Por lo demás, entre estas dos fechas, entre 1985 y 2014, no he aprendido absolutamente nada más sobre Libia. Así que todo lo que puedo decirle a Saïd es: Siento muchísimo lo que ha pasado en tu país, lo siento de verdad. Pero me alegro de que hayas conseguido ponerte a salvo, de que estés aquí y podamos apoyarte. Él me sonríe. No sé si me ha entendido. Se lo repito en inglés. Él me sonríe de nuevo y me dice en Alemán que gracias, pero que ya está, que ¿qué puede uno hacer? Su resignación me recuerda a mi abuela, que hablaba siempre de la guerra como si las razones por las que la gente se mataba entre sí fueran lo de menos. Un bando, otro, daba igual, para ella la guerra fue algo que ocurrió y que ella tuvo que aceptar como se aceptan los accidentes geográficos… salvándolos y ya está.

Saïd y yo seguimos charlando con mucha torpeza. Como era de esperar, en un momento dado empiezo a decirle las cosas que se suelen decir entre emigrantes al recién llegado: que tenga paciencia, que el idioma al principio es desagradecido y tal, pero que cuando lo hablas lo empiezas a apreciar, que te ayuda una barbaridad y que blablablabla… él ha perdido el hilo hace rato. Y me alegro. Empezaba a sentirme un poco gilipollas repitiendo este discurso. Los emigrantes nos tenemos una empatía incondicional, pero a veces también muy manida.

A nuestro alrededor la fiesta es sonada. Algarabía, risas, gente que se abre paso entre gente, que se saluda por encima de las cabezas y solo se interrumpe para levantar todos las manos diciendo yujuuuuu…

Vaya fiesta te han montado, tío, le digo, ¿Te gusta?…
A modo de respuesta Saïd sonríe mirando al cielo y abriendo los brazos como un predicador. Luego los baja… Aber ich spreche kein Deutsch. Pero no sé hablar Alemán, me dice, otra vez en Alemán. Tiene el detalle de usar el Alemán siempre que puede, en vez de instalarse cómodamente en el inglés, un detalle que no yo ni muchos de mis amigos emigrados a Alemania tuvimos en nuestros primeros meses.

Ah, tranquilo, ya vendrán ellos a hablarte. Todos tienen curiosidad por ti, quieren conocerte. No te preocupes y disfruta. El me sonríe con paciencia y una simpatía que no dice ni que sí ni que no… y que conozco de primera mano. Algo me tranquiliza: ha pillado cómo funciona eso de no entender ni papa al principio sin desesperarse y, lo que también es importante, sin desesperar a tu interlocutor. Así disfruta Saïd su fiesta, en un estado de protagonismo pasivo, con su vaso de fanta naranja y su sonrisa low profile.

¿Algo de beber?… le digo internándome en la cocina, donde hay gente sentada por todas partes, desde las sillas hasta los poyetes, la lavadora, el borde del fregadero, piando todos a la vez como una gran bandada de pájaros. No, gracias, aún tengo fanta, me dice levantando su vaso por encima de la cabeza de alguien que empieza la misma conversación que acaba de mantener conmigo y que hoy repetirá unas 30 veces.

Un rato más tarde K. y yo nos sentamos con él en un rincón y por fin empezamos a saber algo de su persona. Tiene 21 años. La guerra le ha impedido empezar cualquier estudio. Lleva varios años fuera de todo sistema de enseñanza. Su padre trabajaba era segurata. Lo mataron. Luego mataron a su madre y sus hermano y a sus tres hermanas. ¿Y primos? Los que no mataron también, se fueron a la guerra. No ha vuelto a saber de ellos, algo que con las redes sociales es difícil de imaginar. ¿Y tíos?… Killed, me dice levantando la vista del fondo de su vaso de fanta y mirándonos sin demasiados aspavientos, como rendido ante una evidencia muy sencilla. They were all killed. Los han matado a todos. Es gibt nur ich. Sólo hay yo.

K. y yo nos miramos. Me imagino a K. muerta, a mi hermana muerta, a mis tíos muertos, a mis sobrinos muertos… y con el bagaje de esta visión dejar mi casa, lo que me queda de mi mismo y de ellos, y echar a caminar por el mundo. La visión me produce un pequeño nudo en la garganta que empujo con un sorbo de Rotkäppchen.

No nos llegamos a enteramos muy bien de cómo escapó, ni lo que le ha costado llegar aquí. Solo sabemos que está solo en el mundo, que ahora es una fiesta con sesentaitantas personas que le dan la bienvenida bailando música que no conoce, bebiendo cosas que él no bebe y hablando idiomas que no entiende…
sólo en Leipzig, que está en Alemania,
sólo en Alemania, que está en la Tierra,
sólo en la tierra que es un astro…

Al imaginarme a Saïd sólo en un astro no puedo evitar pensar en El Principito de Saint Exupery: un niño que vive sólo en un planeta. Pienso en la rosa, un objeto inanimado que el niño acaba personificando para hacerse la ilusión de un afecto y la sensación de ser “único en el mundo” en lugar de un individuo más a la deriva, perdido en la masa de las cosaas… y me acuerdo de la rosa que todas las semanas pongo el florerito que K. tiene atornillado a su bicicleta; un gesto con el que a lo que soy valor no es a la rosa sino a la existencia de K. en la que invento el pequeño ritual de poner una rosa en su bicicleta y divertirme dando forma en el espacio a los detalles de quererla y sentirme querido por ella. Me pregunto si, como el principito, Saïd no tendrá algo parecido, no la rosa como rosa que en sí misma no significa nada, sino la rosa como juego, la rosa como excusa, la rosa como una razón para seguir gobernando sin volverse loco en su planeta desierto.

Me pregunto que ilusionará a Saïd en este momento de su vida, qué ilusión me quedaría a mí ya si estuviese en su situación.

Antes de que podamos seguir charlando alguien viene, con toda la intención de integrarlo en la fiesta coge a Saïd y se lo lleva consigo a través de la masa de cuerpos que bailan. Yo me levanto a ponerme un Rotkäppchen y servirle otro a K. Mientras sirvo las copas no dejo de ver por el rabillo del ojo a Saïd, bailando como puede, sonriendo indefectiblemente y procurando que no se le derrame la fanta de su vaso de papel.

Imagen: Collage. fondo, fiesta en un local de Berlín, en la esquina superior El Principito, de Saint Exupéry.

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2 thoughts on “Instrucciones para dar la bienvenida a un refugiado

  1. Muy bonito. A pesar de la timidez, de su situación tan difícil estoy segura que le gusto la fiesta y charlar contigo.

    • Aunque en un primer momento estuviese algo desconcertado (¿quién no lo estaría en su situación?), le gustó, y a nosotros también. Cuando unas semanas más tarde me lo encontré por el centro y me contó, con el mismo Alemán muy básico pero manejado con envidiable suficiencia, cómo le iba (curso de alemán, deporte y la espera de una oportunidad para trabajar), no se despidió sin invitarme a pasar por su casa a tomar un té y charlar: precisamente lo que yo me había imaginado que haríamos en su enorme fiesta de bienvenida, quizá lo que se imaginó él también.

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