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El abuelo nos saluda desde su silla de ruedas, enmarcado en la puerta del salón e iluminado como en un cuadro del barroco por el sol que dejamos fuera al entrar en la casa y que reaparece de pronto en la pintura. Detrás de él, sobre la gran cama de hospital que le han puesto en el salón para facilitarle la asistencia –mantas viejas que parecen aún más viejas en una modernidad de edredones– hay unos papeles de los que emana un intenso fulgor naranja.

Tiene algo que mostrarnos, algo que ha preparado y por lo que ha esperado impacientemente hasta éste momento.

Estoy intrigado. El abuelo es una caja de sorpresas, sobre todo desde que ha comprendido que el Parkinson está acabando de adueñarse de su cuerpo y empieza roerle la mente también. Desde entonces parece que haya decidido ofrecer todo lo que tiene que ofrecer y decir todo lo que quiere tiene que decir. Sus discos, sus inventos, me ha ofrecido hasta su casa. No importa que le explique que no sabría qué hacer con una casa vieja en un pueblo perdido de Turingia. Subido a la cátedra que su situación supone, da lecciones que nadie se esperaría, entre la mística, el amor y también rabia por la vida, exhibe sus visiones y cuenta historias que tienen a la familia fascinada y la abuela a veces roja de vergüenza.

Nos saludamos y nos pide que nos sentemos, un poco solemne y en todo el proceso yo no puedo apartar la mirada de los papeles que sobre la colcha, garabatos, fotos pegadas, todo fotocopiados varias veces y lleno de trazos fluorescentes… ¿Se ha vuelto el abuelo un artista punk?

No. Es su propio time-line. Lo dice en inglés. Su biografía, aclara. La composición se vuelve de pronto comprensible, aunque no legible aún desde mi silla: una larga columna de números de cuatro cifras a cuyos lados ha marcado con texto y fotos, los puntos clave de su historia, que unas veces coincide con la de todo el mundo –su niñez la guerra mundial, el hombre en la luna, la reunificación alemana–, otras solo con la nuestra –nacimientos, graduaciones, bodas, algunas muertes, más nacimientos–… y otras con la historia de gente que no conocemos pero que él admira, respeta y ama.

Todo está escrito a mano, con la letra desfigurada por los temblores del Parkinson: una letra que insiste, que lo intenta y lo intenta, hasta que cambia y se ordena de pronto, no porque haya vencido sino porque la abuela, agobiada por la escena, le debe haber cogido el bolígrafo para escribir ella misma mientras él le ha ido dictando los detalles de su vida; que ella ha ido anotando pacientemente, quizá con la cabeza llena también de recuerdos, con una letra que se va haciendo más y más pequeña, de ese modo en que reduces las letras al darte cuenta de que no vas a tener suficiente papel.

Su time-line dice. No lo decimos, pero es imposible no pensar en Facebook. Y es el puto sueño sentimental de Facebook: que alguien rellene así su time-line, de ese modo, tan honesto, tan entregado; un sueño realizado por un hombre que no ha visto nunca Facebook y que en papel y a mano tiene una dignidad que Facebook jamás será capaz de ofrecer.

El abuelo va pasando los dedos por el papel, dándole golpes involuntarios, tan fuertes a veces que temo que los rompa.

Aquí cuando llegamos huyendo de la guerra al norte de Alemania. Aquí cuando conocí a la abuela en Brandemburgo. Entonces levanta la vista y repite una broma que hace a menudo desde que estalló la última crisis de refugiados en Europa y que influyó en muchas de nuestras vidas, dividiéndonos entre acciones humanitarias y debates de miedo y rechazo¡La abuela me dio asilo como refugiado! …Acaba la frase también como siempre: con una carcajada llena de buen humor y los ojos vidriosos por las lágrimas contenidas.

El abuelo se pasa la manga de la camisa por la nariz, sorbe ruidosamente e, ignorando sus movimientos –la emoción hace que el Parkinson se manifieste con más violencia– sigue contándonos.

Aquí es cuando me dieron el título de doctor.

También está el nacimiento de K., la graduación de K, el nacimiento de nuestra hija, hace apenas unos meses. Yo no estoy, aunque me inscribo mentalmente: un punto muy atrás en el tiempo, antes incluso de que K. naciera y al que solo ella dará sentido, treinta años después.

Mientras el abuelo habla y habla no puedo evitar mirar el papel como un todo, no solo por el contenido sino por la forma radical en que lo expresa. Me dan verdaderas ganas de enmarcarlo, de exponerlo. No es la primera vez que me ocurre. De hecho ya tengo en mi cabeza un proyecto de exposición de sus esculturas e inventos, a la que ahora añado mentalmente esta biografía, ésta time-line hecha de grafías diferentes y fotos fotocopiadas. Si suena cacofónico es porque visualmente lo es. Lo único que me falta es el nombre se la exposición. No sé cómo llamarla. “El arte del abuelo” es un título espantoso.

Agitándose todo de excitación, el abuelo sigue contándonos un montón de anécdotas, hasta que la abuela viene a tranquilizarlo. Sujetándolo con fuerza, nos recuerda que no le dejemos entrar en conversaciones emocionales, que ya vemos lo que pasa.

Y yo mientras no puedo dejar de pensar que en el trabajo del abuelo hay algo de punk, sí, de punk, o al menos de ese algo indescriptible que hace del punk un pensamiento transcendente y que vuelvo de pronto a reconocer en la obra del abuelo: el estilo salvaje e inconfundible de quien se rebela contra la negación cotidiana de sus posibilidades en el mundo.

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