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Me encantan los libros pero tantas fotos de libros empiezan a hacerme sentir vacío. Tengo la impresión de que Instagram está sustituyendo los libros por fotos de libros. En el interminable deslizar el dedo por la pantalla, los libros ya no parecen hablar de la magia de la palabra escrita sino del narcisismo de verse por un instante con un libro en tu perfil. Y es que todos estamos jodídamente guapos entre libros. Ya en la pintura clásica la gente se hacía retratar con libros en la mano.

¡Qué superficial!, ¿verdad?… pues no. Para nada. De hecho, este temor a que se sustituyan los libros por fotos de libros me lo he inventado. Es mentira, un fake, redactado con el estilo arrogante, alarmante e indignado con el que ya solo falta escribir: “Comparte si te indigna”. Cuando la realidad es muy distinta.

Y es que de todas las experiencias que me traen el Instagram, la de los libros es posiblemente la única que me está mereciendo la pena de un modo original y único. ¿Cómo? ¿Una red social basada en la imagen? ¿Un medio en el que en la imagen prima absolutamente sobre el texto, si es que hay texto y si es que alguien se lo lee? ¿Un entorno cuya filosofía es la rapidez y la inmediatez, completamente opuesta a la lentitud que se necesita para leer bien y la sensación de eternidad que transmiten los libros? ¿Qué tienen que ver los libros con el Instagram?

Pues mucho.

Vivo a 3000 kilómetros mínimo de cualquier lugar donde se escriba en Español. Si quiero leer libros en mi lengua tengo que encargarlos a la librería más próxima. Sí, ya sé que hay Amazon, pero Amazon no me da buen rollo, no al menos el mismo buen rollo que me da ir a la librería, charlar un poco con el librero, siempre un poco sorprendido por mis peticiones, y echar un ojo a las estanterías, cuando no las manos, pues antes de comprar un libro me gusta tocarlo. Hay en este ritual un placer que no me ofrece la página de Amazon. Creo demás que es importante apoyar a las librerías comprando en ellas todos tus libros. Sobre todo hoy, que a pesar de que a todos se nos llene la boca diciendo que sin las librerías el mundo sería un lugar mucho peor, nuestra digitalización –la mía y la tuya– las tiene amenazadas de extinción. Piensen en esto las próximas navidades. ¿No han pedido libros a sus libreros?… Los libreros son los reyes magos, o mejores incluso, porque están allí todo el año.

A lo lejos que estoy de las librerías en mi lengua materna, hay que añadir el tener una niña pequeña, mi trabajo como arquitecto –no menos absorbente–, mi propia labor de escribir, etc… un cóctel de distancias y ritmos vitales en el que echo de menos tener más espacio y tiempo para el placer de salir a por libros, sumergirme buscándolos entre las estanterías o de, como dice mi madre, dejar que ellos me encuentren a mí; un placer que al final se me suele alargar sin darme cuenta, como cuando entras en Internet para ver una cosilla y se te va una hora y pico mirando dios sabe qué, con esa extraña esperanza de que detrás del siguiente clic quizá hay algo más fuerte, más gracioso, más impactante, más excitante, así me pierdo en las librerías. Así navego yo por las librerías. Y no es para menos, porque si cuando salgo de Internet me siento preso de una extraña melancolía digital, cuando salgo de la librería estoy satisfecho, alegre, agradecido y casi un poco excitado por la vida.

En este estad de soledad literaria y nostalgia por las librerías, me abro una cuenta en Instagram por recomendación de una amiga startupera, para darle resonancia a mi blog.

Mi amiga tiene razón, al igual que hay muchísima gente jugando con fotos de cuerpos, coches, memes, hay muchísima gente fotografiando libros. Muchísimos libros. Al principio los sigo con los prejuicios con los que empecé éste post. Solo luego, mientras me interno en la red con mi perfil como escritor, entiendo que vecinos, nada más, vecinos de los “barrios” de la red social dedicados a la literatura ¿Y qué hacen en Instagram?. Como podrían hacer fotos de sus coches, de su ropa, de sus casas o de sus cuerpos, ellos hacen fotos de libros.

Descubro así que aparte de chicas poniendo boca de pato, tipos enseñando musculitos, viajeros dándonos la brasa con sus viajes y haciéndonos sentir que no viajamos lo suficiente, aparte de detalles de decoración, maquillaje, coches tuneados, selfies inclasificables y artes plásticas, hay en Instagram también editoriales, luchando diariamente por que podamos leer libros de calidad, más allá de la literatura más comercial o, peor, de un mundo en el que cualquiera puede autoeditarse y vendernos su rollo sin filtrar por alguien con experiencia literaria; librerías como la Puerta de Tanhauser, con ese nombre que a todos nos conquistó el corazón replicante y que puso Plasencia en el mapa (al menos para mí), o La Mínima, esa pequeña librería café que puso un rincón en el Rincón de la Victoria, el barrio de mi Málaga natal donde hoy se están mudando mis amigos expulsados por la gentrificación y al que ya no me da tanto miedo mudarme, el día que encuentre un trabajo que merezca volver a Málaga… Hay libreros como librero al rescate, que escribe en su blog vinculándote a los libros, o la Mujer Puente, la mejor librera que he conocido, escritores como yo y mucho mejores que yo y lectores como tu, admirables por su bagaje literario, su paciencia con nosotros y su amor incondicional a la palabra escrita, y traductores por supuesto, esos titanes a los que deberíamos querer mucho, mimar y tener contentos, porque ellos nos traen obras que de otro modo nos estarían vedadas… Todos publicando fotos de libros, miles de fotos de libros, desnudos, abiertos, reseñados o sin reseñar, nuevos o manoseados, leídos o por leer.

Este exhibicionismo, lejos de angustiarme, de pronto me hace reconciliarme con las redes sociales (que odié desde el primer día, pero de las que dependo por ser escritor en Internet). ¿Por qué? Porque si las redes sociales están haciendo el mundo tan imbécil, esta vez también me están ayudando a mantenerme al día de la realidad editorial en Español, asomarme a las novedades y no olvidarme de aquellos libros que quiero leer que en tanto que no los he leído son siempre –no lo olvides– una novedad; y los libros leídos, que me arrancan una sonrisa como si viera la foto de un viejo amigo.

Y del mismo modo que la gente tiene una lista de imágenes favoritas, yo me hago lentamente una lista de libros que quiero leer, una lista que llevo conmigo a todas partes y que consulto cuando paso delante de una librería en la que los puedan encargar a los libreros de España, queridos libreros, eliminando la distancia, sino del exilio físico, sí al menos del exilio intelectual.

Sí, por increíble que parezca, si amas los libros puedes disfrutar mucho en Instagram. Solo una advertencia: no te quedes en el onanismo digital, siguiendo a todo el mundo y repartiendo likes a destajo sin hacer nada en tu realidad. Apaga de vez en cuando la pantalla. Lee los libros que miras.

Imagen de la cuenta de Instagram de Mujer Puente. Gracias, Isabel.

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