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Había una chica que cada vez que se corría empezaba a desternillarse de risa. Era una risa límpida y fresca como una mañana de Junio, con esa cadencia traviesa que gravita entre el pudor y la complicidad. Era una risa que durante varios minutos corría como el agua de un arroyo y no se podía parar. Era una mujer riendo.
Una mujer riendo después de correrse. 
Una mujer que se corre y ríe.
Una mujer que se corre riendo y me mira como disculpándose por no parar de reír, arrebujada en el propio placer junto a mí que la miro sonriendo como un niño asombrado de su propio chiste.
El sonido de aquella risa se me ha quedado grabado en la memoria. 
Ese y el de su despertador, lilolilalula, lilolilalulá, que para mí no era sino el anuncio que a las 6.30 me traía desde el fondo del sueño para recordarme que estaba durmiendo con ella y que ahora íbamos a ducharnos, desayunar y empezar juntos el día.  

Imagen del blog Canal mujer, inactivo desde 2014

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