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He tenido la suerte de estar en paro, contar con la tarjeta de INEM Alemán y poder comprar por la mitad de precio un billete para el DOK y robarle así a mi angustia de parado 5 días de de documentales y cortos de animación. Qué suerte, ¿verdad?… no, no es suerte, es sólo una alineación de circunstancias en medio de la desalineación que es últimamente mi vida. El paro es una mierda. Lo ha sido hasta esta semana y lo seguirá siendo cuando esta semana acabe. Los ministros de trabajo deberían pasar en paro un par de años. Debería ser una exigencia en su Curriculum profesional. Les daría experiencia. Quizá incluso hasta les ayudara a entender profundamente la importancia de hacer algo para que los parados que no pierdan el contacto con la cultura por ahorrar unas perras, ofreciéndole por ejemplo tickets baratos para festivales como el DOKufest.
Ahora yo estoy en este paréntesis y respiro su atmósfera. Yo ya había estado una vez allí, hace un año, pero sólo para ver un documental. Miraba entonces con rara envidia y extrañeza a los que estaban allí con un abono para tragarse todo el festival de documentales. Me parecían de un mundo que no estaba a mi alcance. Nosotros solo estábamos para el estreno de Citizenfour, el documental en el que Edward Snowden hace su confesión y revela al mundo la red de espionaje universalizado que es hoy día el mundo. No una película que lo cuenta con un actor, sino la historia real, filmada por Laura Poitras, la periodista que Snowden (que no es tonto) había llamado para que estuviera presente en el momento de su confesión. Snowden mismo se preocupó de estar en Leipzig, al menos en un video en el que nos saludó, dio gracias por el apoyo y nos explicó lo simbólico que para él era que el documental se estrenara en Leipzig, una ciudad que sabe lo que es luchar por la libertad, pues en Leipzig donde se inició la revolución pacífica que hizo caer el muro de Berlín.
Ahora soy yo el que tiene el abono. es una sensación curiosa. Para empezar, me estoy pasando la semana metido en el cine. Cada día, desde las once de la mañana a las doce y pico de la noche, me siento unas ocho veces en la oscuridad compartida, en este evento que para mi siempre ha sido de lo mejor que puede pasarte en un día –ir al cine–, y que para muchos de nosotros es una liturgia cultural: la intimidad en colectivo y la colectividad en la intimidad de un sacramento intelectual, mirando todos en la misma dirección, hacia una ventana por la que en lugar de un dios una historia se asoma.
Si el cine te hace viajar por la fantasía como si fuera realidad, sea por su belleza o por su monstruosidad, el documental de autor te hace viajar por la realidad y comprender que es fantástica… sea por su belleza o por su monstruosidad. Hace falta un enorme sentido de la poesía para sobrellevar esta contradicción. Eso es lo que tienen los autores que se aventuran a crear un documental y eso es lo que te ofrecen con su obra. Ver sus obras es como viajar por el mundo acompañado por la única persona más curiosa que tu, el chalado que se ha comprado un abono para ver cientos de documentales, cualquiera de los autores de esos documentales, cualquiera de esos chalados que han encontrado algo hermoso, inquietante, espeluznante y han puesto todas sus energías en salvarlo de la ignorancia.
Efectivamente, cuando vuelvo a casa, llego como quien viene de un gran viaje, hablando sin parar contándole a K. mil cosas que he visto mientras la abrazo con mucho amor, el agradecimiento por la vida que le dan a uno los viajes. K. Se deja abrazar, divertida, porque nunca ha entendido por qué me gusta tanto estar en la oscuridad viendo películas… aunque luego ella llore en todas. Ella prefiere los documentales de los que yo ahora le hablo como quien habla de fantásticas películas.
Pasar una semana en el DOK no es pasarse una semana viendo documentales como quien se pasa una semana sentado delante del Discovery Channel. Estos documentales tiene un autoría, precisa y anónima, como tu y como yo, la mayoría incluso están promovidos por sus propios autores, personas inquietas que han encontrado algo en la realidad y están poniendo lo mejor de sí para preservar ese algo que ellos ven en toda su autenticidad. Hay muchos de ellos en lo que vemos. En este sentido, el documentales de autor está mucho más cerca de la narración que los documentales al uso. Sin embargo, aunque uno salga de ellos con la sensación de haber visto una película, tampoco son historias contadas como en el cine. Hay cosas que uno sólo se atreve a decir delante de la cámara de un documental. Cosas que el cine es muy memo, muy miedoso para aceptar. La vida es muy difícil para que el cine hable tan claro y directo. El documental de autor, con la intimidad que ofrece, está ahí, con lo mejor de los dos.
Es un arte.
Viendo todos esos documentales y después de 4 años dedicado a organizar y comisariar exposiciones en Berlín, la ciudad de las exposiciones, conviviendo con artistas en la ciudad de los artistas y buscando en el arte una posibilidad de entender y cuestionar el mundo –un trabajo demasiado no pagado para llamarlo trabajo y demasiado intensa para llamarlo hobby–… Me hice esta tarde una pregunta curiosa ¿cuál es el lugar de los documentales en el arte?
Hay un arte de hacer documentales, como lo hay para cocinar o para jugar al fútbol, de eso no hay duda. Pero no me refiero a ese arte, sino a otro: ese arte que hace llorar a K. delante de las historias y ese algo por lo que yo tantas veces y sin dudarlo, he incluido documentales entre las obras de mis exposiciones, proyectados junto a pequeñas piezas de viedoarte, pero en serio ¿cuál es el lugar de los documentales en el arte? ¿cuál es el lugar del creador de documentales entre los artistas?
Viendo todos estos documentales me he dado cuenta de que quizá los creadores de documentales no estén del lado de los artistas… sino en el de los comisarios, los que sin hacer arte velan por el arte, se preocupan de que sobreviva y de hacerla visible en el mundo. Los creadores de documentales son comisarios también: comisarios de la realidad.
Como los comisarias de arte, los autores de documentales buscan en la realidad, luchan por entenderla, cuestionarla, admirarla y denunciarla… , y hacerla accesible al mundo al exhibirla finalmente para todos nosotros. Con todo el amor que eso significa: ¿saben lo difícil que es montar una exposición, organizar y coordinar todos los elementos para que funcione?
Mucho menos famosos que los de cine, los directores de documentales, son además menos famosos que sus propios temas, de igual modo que los curadores de arte suelen ser menos famosos que los artistas a los que exponen. Presentes entre cada línea escrita de la exposición, en las estrategias y el planeamiento, en la administración y el taller, con las herramientas, los planos en la mesa, con la cámara en la mano y su sagrado deseo de entender el mundo… jamás eclipsan sin embargo la realidad que han venido a rescatar de la nada cotidiana. Comisarian, como se comisaria una pieza de arte, disfrutando del asombro en la sombra, dejando que la realidad luzca y se luzca.
Esto sucedió y pensé en escribirlo, junto al millones de cosas que me pasaron por la cabeza, en el DOK 2015. A los pocos meses encontré trabajo. Esta semana es el DOK 2016 y no he querido retrasar ni un día más sentarme a contároslo. Si no tuviese, como emigrado, que repartir mis vacaciones entre mis deseos de viajar y los de volver a ver a mis amigos y familia en España, me habría cogido 5 días de vacaciones para no moverme de Leipzig y embarcarme otra vez en 5 días de buen cine documental, con los ojos muy abiertos, poco peso en la maleta, una libreta, algo de comer…
Lo confieso: por estos 5 días lamento no estar en paro.
Vaya frase, ¿verdad?, si, efectivamente: es el tipo de frase que uno solo de atrevería a decir delante de la cámara de un documental.

KIt del abonado al DOK Leipzig

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