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La otra noche llamó Juno. Muy preocupada, nos preguntó si finalmente nos íbamos de vacaciones la semana que viene.
–Es K. la que se va de vacaciones. Yo me quedo. ¿por qué?
En el campo de refugiados hay una familia que lo está pasando fatal. Ella estaba embarazada y acaba de tener un aborto. Llevan alojados allí meses esperando que les concedan el asilo y ahora tienen que pasar por esto sin apenas privacidad, por hablar decir el hacinamiento, la precariedad, la angustia que se respira. No sabe decir si esta relacionado pero no le extrañaría. Ella está tristísima, él de los nervios. Juno teme un verdadero colapso psicológico y se ha propuesto buscarles un sitio por su propia cuenta para sacarlos de allí unos días, darles vacaciones de todo aquello en una espacio normal.
–¿Cuántos son?
–Cinco, la pareja, de 50 y 46 años, y tres niños pequeños, 3, 6 y 12 añitos.
K. me sin atreverse a sugerirme que los alojemos mientras estoy sólo en casa. Soy yo el que da el paso.
–¿Y si se quedan conmigo estos días?
–¿Sigues ahí Juno?… pregunta K. al teléfono sin apartarme la mirada.
–Sí.
–Te llamamos en un rato.
Por un lado tengo unas ganas enormes de decir que se vengan sin pensarlo. No sería la primera vez que le abro mi casa a unos desconocidos. Amigos de amigos, couchsurfers, viajeros del airBNB (lo mismo, pero por dinero y sin amor). La verdad es que me avergüenza pensar en no hacerlo ahora para personas que lo necesitan. Además, qué cojones, me gustan las visitas, me gusta ese caos que generan me hace sentir a mí mismo de viaje. Me imagino ese caos, mi casa como un campamento, encima con niños… no es que me gusten mucho los niños, pero me acuerdo de mis sobrinos en España, el caos dulce que han traído al a familia, y que yo solo puedo seguir por el wassup.
Por otro lado me pregunto de si de verdad tendré capacidad de aguantar cinco personas, metidas así de pronto conmigo, en el pequeño piso que K. y yo compartimos y precisamente los días en que ella se iba y yo me había prometido encerrarme a escribir.
Como no se que hacer, me confío a las circunstancias y propongo ayudar a Juno a buscar una alternativa y solo en caso de no encontrarla, acogerlos nosotros mismos.
K. está de acuerdo. Empezamos a repasar nuestra lista de amigos.
Pensamos en Christian que acaba de mudarse a Viena tras ganar una beca de investigación para continuar sus estudios sobre Bach… a un mes de acabar el contrato de alquiler de su apartamento, justo a dos calles de la nuestra.
Nos lo pensamos bien antes de llamarlo: premio extraordinario del conservatorio e incapaz de improvisar sin partituras, Chris es un hombre muy ordenado, amante de la estabilidad y la previsión. ¿O no?… le pregunto a K.. Le recuerdo que Chris también es el mejor máster de juego de rol que hemos tenido, lo cual requiere capacidad de reacción, generosidad con lo inesperado, cuando no empatía, respeto y amor por la aventura ajena.
En cualquier caso, lo que Chris es, es sobre todo un buen amigo y no perdemos nada por preguntarle.
Por respeto a los dos, a Juno y a Chris, no le pedimos el favor directamente nosotros, sino que los ponemos en contacto, no sin darle un pequeño anticipo de lo que una desconocida está a punto de pedirle: “Una familia de refugiados necesita una vivienda por unos días y hemos pensado en tu casa”.
Al rato suena otra vez el teléfono. Es Juno. Christian ha accedido. En cuanto colgamos con ella, lo llamamos a él para agradecérselo y empezar a organizarlo de modo que no tenga preocuparse él desde Viena.
Chris se alegra de dejarles su casa. Más que instrucciones de lo que él necesita nos dice qué les va a hacer falta a ellos. Colchones para los niños. Se alegra de no haber desmontado todavía la cocina y casi se disculpa de que no haya cubiertos ni platos, etc… eso sí, en el cajón de la derecha hay una sartén estupenda.
Tomamos nota.
Y luego nos dice lo mejor de todo: la familia no podrán quedarse una semana, sino un mes entero.
Colgamos llenos de felicidad y agradecimiento.
Lo hemos conseguido: no solo ofrecerles un lugar donde estar por unos días, sino un lugar en el que podrán quedarse un mes entero, solo ellos, en familia, un espacio propio en el que tengan un poco intimidad para volver a hacer las cosas que hace una familia: cocinar ellos mismos y comer en su propia mesa, jugar, liar un poco de follón, cerrar la puerta para dormir la siesta, hacer el amor, llorar la pérdida de su bebé o silencio para aceptar todo lo que la guerra les ha arrebatado… mirando al techo –su propio techo– cosas que tendrán que vivir como unas vacaciones, aunque a nosotros nos parezcan lo normal.
Lo hemos conseguido, si, y encima podré escribir.
Una parte de mi suspira de alivio. La otra no deja de preguntarse cómo conseguir los colchones, cacharros y cubiertos.
K. me abraza y llora

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