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Durante los primeros días de vida no tenemos un color de ojos concreto. El proceso que define ese color puede durar todavía varios meses. Mientras tanto, me asomo a los ojos de los recién nacidos y lo mismo me parecen oscuros que claros, lo mismo creo que son cálidos ojos marrón y miel que de pronto se me hacen fríos y fascinantes ojos virando de nuevo entre verde y el azul, todo velado bajo un tono gris, cristalino y profundo, como el agua de un arrollo en la que se refleja el cielo y se ven las piedras del fondo a la vez.

Mirándome en los ojos de los recién nacidos me invade una sensación de enorme belleza y a la vez desamparada ternura del mundo. ¡Claro, me diréis, estás mirando a un bebé!. No, no es por el bebé. La ternura por el bebé es una ternura instintiva y cotidiana. Además a mi los bebés la mayoría de las veces no me parecen tan tiernos, si no más bien un poco monstruosos, muchos más cercanos que nosotros al territorio de la biología y de las vísceras, placenta, cordón umbilical, caca, puré, mocos vomitos… mucho más cercanos al mundo en el que los gusanos crean sus crisálidas o el Alien inocula a su cría en nuestra garganta –con una biología ficticia pero coherente y con A mayúscula, que ya se lo va mereciendo.–…  No, no es por el bebé sino por algo que está por encima de él y de mí; algo que nos une y que baña el instante en el que la naturaleza se deja ver desnuda en toda la frágil intimidad de quien ni siquiera ha tomado aún sus decisiones: La posibilidad de un instante de belleza real de la vida que transcurre lenta y tranquila en medio de todo este dudoso y frenético invento del mundo. Esa es la belleza, la ternura y su desamparo, sobrevienen cuando comprendo la terrible ignorancia de todo lo que inevitablemente vendrá después, la ignorancia total del mundo que hemos creado y de lo difícil que lo hacemos.  El bebé me mira quizá a los ojos, yo me pregunto qué ve, mientras me dejo invadir dulcemente por esta alegría de ver a la vida entre bambalinas. El corazón me pesa como un ramo de flores.

Todo está por ocurrirte, hasta el color de los ojos –le susurro procurando que la madre no nos oiga-. Te vas a enterar de lo que es la vida. Prepárate para el rock and roll. Te queda tanto por descubrir, cosas tan preciosas y cosas tan horribles también. Por descubrir en la vida, puede que hasta un día descubras las ganas de morirte. Pero no te preocupes, nos pasa a todos. No te lo tomes muy en serio. Las más de las veces querrás vivir y no sabes cuánto. Agárrate a ese querer y disfruta del viaje.
La vida es ahora un instinto pero pronto será una idea que lo llenará todo. Abandónate porque ya no hay vuelta atrás. Ahora estás aquí y todo -todo- está por ocurrirte. Si quieres, si abres bien los ojos, el asombro no acabará nunca.

El bebé parece mirarme un instante  –…gris a miel a gris verde a azul a gris oscuro casi marrón…-. Luego vuelve los ojos para otro lado y mis palabras se pierden sobre la cuna como si las hubiera pronunciado sobre la superficie del océano.

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Imagen: Fotograma de la película La Naranja Mecánica (Clockwork Orange), Standley Kubrik, 1962

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