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El tendero pesa la fruta y anota los precios en la libretita de propaganda de una autoescuela. Mientras espero, me distraigo un poco con todo lo que me rodea: diseños de bolsas de patata más o menos local, que es lo mismo que decir más o menos deliciosas; frutas que nunca he usado y cuyo nombre me confieso con vergüenza que ignoro… Colgado en el paño de pared que hay encima del mostrador —sobre el que el frutero pesa la fruta muy concentrado— hay un cuadro. ¡Y vaya cuadro!, con un marco oscuro y rimbombante, ni grande ni chico, sin fecha y de firma ilegible, en tonos ocres oscuros y luces muy cálidas, pintado con ceras pero también con vocación de ingénua grandeza, a medio camino entre pintura barroca y el cómic de aventuras. Uno se pregunta cual de las dos cosas buscaba el artista, aunque sepa que lo importante es cúal de las dos encuentra el propio observador.

El cuadro es terriblemente kitch y a la vez terriblemente sugerente. No es que sea hortera, no, en serio, tiene algo más valioso, más expresivo, tiene… ¿alteridad?… No, nunca he estado seguro de lo que quiere decir esta palabra, ni siquiera estoy seguro de que esten seguros quiene la usan. No. Es otro concepto, sobrevenido de pronto entre los lúgrubres trazos de ceras pastel, salido de la nada pero del todo a la vez, sutil a su modo, sofisticado si se quiere; un concepto que tendría ese mismo aire manido y pedante de la alteridad si no fuera por una lucidez que a mí se me hace expresiva de cojones:

Horteridad.

En mis oidos la palabra horteridad devuelve a lo hortero su dignidad y casi su magnificiencia.

El centro visual de la perspectiva, un poco a la izquierda, y un poco arriba, es el fondo del espacio. En torno a él, recortados en la luz, el resto de los objetos del cuadro parecen acoger al espectador para observar juntos con la respiración contenida a un legionario que cavila contrariado. Junto a él, rodeándole paternalmente el hombro, como si quisiera animarlo con su complicidad o estuviera a punto de soplarle un gran secreto, está la muerte con capa blanca (o quizá es un fantasma, pero un fantasma es ya un emisario de la muerte). El legionario, la soledad, la muerte misma… No acabo de comprender lo que ocurre hasta que por fin me doy cuenta de que lo que veo sobre la mesa no es la silueta de botellas y copas vacías, sino las figuras, un poco sobredimensionadas como en los grabados románticos de la Alhambra o los inquietantes paisaje de H.P.Lovecraft de una partida de ajedrez. Alfiles, caballos, reyes y algún peón que ha resistido hasta el final. Lo curioso es que al otro lado del tablero la silla del oponente está vacía. Bueno, no del todo: hay una espada y un reloj de arena. Objetos que, cargados de simbolismo pero no animados, tienen más bien el aire de una naturaleza muerta, abandonados en la escena, quizá por alguien que ha tenido que irse o simplemente se ha levantado para pagar la cuenta o ir al baño un momentito.

El frutero subraya satisfecto la última cifra y emergiendo de su concentración lee el resultado en alto. Antes de haber pronunciado la últoma silaba ya ha reagrupado las bolsas con habilidad y me las tiende por encima del mostrador. Cuando la cojo, él remata el gesto con una firme palmada en el hombro, sin dejar de mirarme directamente con sus ojos azules, enmarcados en algunas arrugas y en no poca honestidad, que me hacen preguntarme si el gesto es el de un hombre joven bastante cascado o el de un hombre mayor lastrado por una juventud que no se retira, en la sombra siempre fresca del último after del barrio convertido hoy en frutería.

La legión está para mí inevitablemente asociada una España teñida de verde caqui y estructuras basadas en la virilidad y la violencia, quizá perfectas para un cuerpo militar pero insanas para una psicología de lo cotidiano; una España verduzca, mohosa, rancia, con ese olor a viejo que nunca se le va; nostálgica de la pretenciosa gloria por la que apostó una y otra vez y una y otra vez perdió desde el tiempo en que los hidalgos –“cristianos viejos”– se echaran migas de pan en las barbas para hacer creer a sus amigos que habían comido como Señores (algo que muchos hacen todavía hoy, en nuestra triste economía); una España emperrada en no probar a ser mejor, sino simplemente “grande”. Pero, en serio ¿qué es la grandeza¿ Y sobre todo ¿qué es la grandeza en un mundo en el que la Guerra Mundial demostró cómo la lucha incondicional por la Grandeza puede llevar a varias generaciones de jóvenes al infierno y hacerlos caer uno a uno como peones en una interminable partida de ajedrez en la que los jugadores siempre sobreviven? ¿Es esa grandeza verdaderamente mejor? Lo que me preocupa de la legión no es la legión en sí, sino ese lazo inevitable con ese país. Muchos niegan este lazo. Yo me pregunto si no será sea porque viven todavía en él, mientras a los demás ya nos parece una anécdota, a veces incómoda, a veces divertida, otras verdaderamente preocupante… a no ser que seas Malagueño. Redoble de tambores, que voy.

Hay en Málaga una cantidad nada despreciable de gente que, sin ser de un conservadurismo rancio y hasta siendo bastante modernos, siente una inevitable simpatía por la legión. Por encima incluso de los propios prejuicios –empezando por los míos, desgranados en el párrafo anterior– esta simpatía se genera en torno a El Novio de la Muerte, el precioso himno que los legionarios cantan cada Semana Santa en la Procesión del Cristo de Mena. Si, has leído bien: precioso. Pero sigan leyendo, que igual no es lo que parece.

En Málaga gusta el himno de la legión y mucho. Por encima de que uno sea o no militarista, es aceptado por mucha más gente de lo que cabría esperar. ¿La razón? Simple. Lo hemos mamado desde pequeños. Al menos una noche al año como parte de un expectáculo que a cualquier niño impresiona y fascina.

Dejándome de generalizaciones, hablando desde dentro… ¿Qué es el himno de la legión para mí? ¿para mi generación? ¿para la parte de mi generación que coincide con mi universo malagueño, un par de barrios, cinco colegios y varios kilómetros de playas?

Los niños de los ochenta pertenecemos a una generación cuyos padres vivieron la dictadura ultraconservadra de Franco y que, estuviesen o no intentando revelarse contra ella, fueron educados en los valores católicos y sus contradictorias tradiciones espectaculares. relean estas tres palabras. Si. Lo digo cacofónicamente, adrede, para reflejar el sutil chirrido de la idolatría y el politeísmo que, con tanta inteligencia, han sabido sobrevivir desde los romanos. El eufemismo de las “advocaciones”, los incondicionales “mi cristo que es más milagroso que el tuyo”, los entusiastas “mi virgen es más guapa que la tuya”, –la virgen dotada de un poder de generar deseo sexual, reconozcamos que el giro es fantástico—, las saetas con la emoción que ya querría Neruda… sólo por mencionar un par de esas contradicciones que dan sentido al arte espiritualmente cacofónico y maravilloso de las procesiones de semana santa.

No me malinterpreten: a mi me gustan las procesiones y eliminarlas, ¡o peor!, proscribirlas de nuestra cultura, no sólo me parece una tristísima tontería, sino también un peligrosísimo precedente para la libertad del arte. Las políticas extremas odian el arte. El control odia el arte. Porque a través del arte se somete el aparente control de las cosas, domesticándolo, como a un animal de carga para servir a la expresión creativa. Si me gustan tanto las procesiones –aunque les tenga cada vez menos paciencia–, es precisamente por eso: porque que en ellas encuentro algo que para mí, desde la tragedia griega al existencialismo francés está íntimamente ligado al carácter mediterráneo, que es al final, más allá de mi nacionalidad, el carácter que me acompaña a donde vaya; un caracter, un sentir, muy difícil de explicar, si no fuera por los que, a veces, adentrándose en el territorio de la poesía sin salvaguardas, logran explicarlo en pocas palabras… ¿se imaginan a una mujer perfumadita de brea? Yo sí y la amo como un imbécil cada vez que escucho la canción de Joan Manuel Serrat.

Y es a eso a lo que voy: a la peculiar y sanísima capacidad mediterránea de asomarse al lado más irracional de las cosas, sacarlo a a la luz, aceptarlo como parte de la vida bajo el cielo límpido de nuestros días y pasearlo en las noches perfumadas de primavera, convertido en arte, expresión, expiación colectiva de lo indecible que a todos nos une y nos aísla a la vez. Me refiero a la capacidad de no negar lo irracional y de reconocer que sin unas gotas de locura la vida resulta inquietante, si no insoportable. Es algo que ya han advertido muchos, empezando por Erasmo de Róterdam o Albert Camus, el uno en su divertidísimo Elogio de la Locura (1511), donde la Locura, llevada a juicio por la humanidad, se defiende a sí misma en un monólogo lleno de radiante lucidez; el otro en El Extranjero (1942), una novela sobre cómo el exceso de civismo puede convertir a un hombre en un monstruo ataráxico de pura racionalidad, pero deliciosa y jodídamente bien educado, perfectamente capaz de trazar su elegantísimas, pero debastadoras reflexiones, tamizadas por la luz y el calor apacible de una ciudad mediterránea y mesuradas por ese ritmo de olas que solo Camus es capaz de dar a sus libros, sobre el horror de estar en el mundo: un ritmo como de olas pequeñas, del-mar-a-pesar-de-todo.

A todo esto me refiero cuando digo que lamentaría terriblemente la desaparición de la Semana Santa… Y a esto me refiero cuando digo que, sin ser religiosos y ni mucho menos militaristas, muchos aprendimos desde niños a disfrutar de ella con frescura e ironía y con ella, del desfile de los legionarios cuando pasan, custodiando su cristo con las metralletas al hombro –una imagen éticamente delirante–. Incluso yo, desde mi ateísmo galopante pero desde mi fe en el arte y en su capacidad de hacer que las experiencias merezcan la pena, me he dejado el hombro bajo los varales de un par de vírgenes y un cristo chiquito pero muy pesado. Procesionando hasta el amanecer solo por la loca experiencia de participar en un teatro que fluye, como un magma de humanidad, por las calles de mi ciudad desde el barroco; el mismo magma, quizá, con el que los egipcios o los griegos se rompieron los hombros en su día levantando ídolos de madera, para luego, pasado el festival, irse a casa a seguir arando las orillas del Nilo, levantar arquitecturas maravillosas esclavizados con contratos de mierda o escribir libros de medicina o filosofía.

Aparte de esa cosa de la cultura mediterránea y católica, a un nivel más global, nuestra generación, llegada a escena a finales de los 70′ y principios de los 80′ creció además sumida en una cultura televisiva dominada –muy a pesar de La Bola de Cristal y Barrio Sésamo– por la épica americana de El Equipo A (“Hoy, buscados todavía por el gobierno, sobreviven como soldados de fortuna, si tiene Ud. un problema y se los encuentra, quizá pueda contratarlos”, toma castaña) y pelis como Jungla de Cristal, y en fin… toda esa cultura cultura en la que las armas aparecen como un derecho individual y la guerra fría como excusa, irrenunciable, deliciosa y miserable como una pizza fría al volver de una noche de marcha.

Todo esto además aliñado con un paisaje de juguetes dotado de no pocos elementos belicistas, del mismo modo que hoy están dotados de no pocos elementos consumistas (otra forma de violencia). ¿Qué eran los G.I.Joe, esos muñequitos cuyo realismo y articulaciones te hacían mirar a los clics con cierta pena, sino un cuerpo de élite contra el terrorismo planetario? En fin, aunque en los 80′ nadie fuera todavía tan idiota como para creerse mesías de una guerra contra el terrorismo, hay que confesar hasta los mismísimos TENTE TENTE (alternativa española al Lego, basada en los mismo módulos, pero mucho más eletantes y finamente acabados ) , incluían a principios de los 80 carros de combate y enormes lanzamisiles en su catálogo. Los TENTE nos arrojaban ayer a las redes bélicas del siglo XX, como hoy los Lego nos arrojan en las del merchandising.

Sigamos con esta peculiar “receta para una primera generación post-dictadura-sin-dictadura”: Añadamos el hecho de que además de series como Equipo A y variantes bélicas de muchos juguetes, etc… crecimos en una realidad en la que el servicio militar era obligatorio. Sí, vale, al final nos libramos. Es cierto. Pero nosotros, pidiendo una prórroga tras otra, no supimos que nos íbamos a librar hasta el final. Nadie lo sabía. Hasta entonces el servicio militar obligatorio era la realidad e hizo durante mucho tiempo que la ilusión por crecer quedara impregnada “por defecto” de la idea de que todo hombre, para ser hombre, debía pasar por ese trance. La presencia en el imaginario colectivo era tan potente, que no sólo el futuro, sino también el presente quedaba contaminado, y hasta en el lenguaje de lo cotidiano se filtraba el ejército como prueba obligatoria de hombría, adultez y aceptación social. Si bien es cierto que nuestros adultos habían conocido y criticaban sin tapujos la dictadura militarista, no menos cierto es que que a la hora de la verdad –que es a hora a la que no obedeces porque sí sino que decides y das el coñazo– no dudaban en decorar sus advertencias con perlas tales como:

“Deja de llorar, ¿vas a llorar delante del capitán cuando estés en la mili?”

o

“¿Vas a decir en la mili que tienes miedo? ¿Vas a decirlo delante de tus compañeros? ¿para qué, para qué se rían de ti?”

o

“Cómete eso y no digas que no te gusta, en la mili no podrás decir que no te gusta.”

 

Y es que a la mili había que ir sí o sí. Y uno se tragaba las lágrimas y los filetes ya fríos, del mismo modo que se tragaba, un jueves al año el himno de la legión.

Este fue el entorno en el que miles de niños fuimos llevados de procesiones: procesiones que por suerte y muy a pesar de los adultos seguíamos viendo como niños; entreteniéndonos, entre momentos de fascinación y momentos de soberanísimo aburrimiento, en lo que buenamente podíamos; como el arte de hacer inmensa bolas de cera mendigada gota a gota entre interminables filas de nazarenos, vírgenes vestidas como emperatrices, escenas de biblia momificadas y cadáveres crucificados recortándose en la luz de las farolas… : un cóctel que haría a Tim Burton mearse en los pantalones y que uno se chupaba como buenamente podía hasta que por fin –por fin– aparecían los legionarios, soldados de verdad, que desfilaban y cantaban haciendo malabares con metralletas, como el Equipo A, como los G.I.Joe, pero más humanos; Legionarios como el del cuadro del frutero, soldados como los que íbamos a ser cuando fuéramos a la mili.

Suena horrible, ¿verdad? Bah, indígnense si quieren pero no nos subestimen. Lo cierto es que nos impregnara o no el terrible mensaje cultural de las procesiones, lo que los adultos nunca quisieron entender es que a los nosotros nos importaba una mierda. Bajo esa visión que tienen los niños, vacía de prejuicios y de significados, para nosotros aquello no era más que otra topografía en la que jugar y asombrarse. Del mismo modo, el Jueves Santo, los legionarios tampoco tenían tintes ideológicos: Estaban ahí. Como los coches a las autopistas, los edificios a la ciudad o las olas del mar al verano, los legionarios pertenecían simplemente al asombro de aquellas noches.

El resultado de la ecuación, en cualquier caso, es la curiosa tara o el divertido don malagueño de ver el himno de la legión prácticamente limpio de toda la basura ideológica que el país arrastra desde la guerra civil… hasta el día que crecemos, y exiliados en Alemánia por la crisis que asola el país y el follón ideológico que tienen liado nos vemos escribiendo sobre ello en nuestro blog e intentando analizar esta rareza.

Crecimos con eso. Nada más. Hoy para muchos la legión es un signo de valores ya agrios. Lo es al menos para los que me estarán despreciando por decir que en Málaga el himno de la legión está mucho más aceptado de lo que les gustaría y lo es también muy a pesar de los que me estén despreciando por retratarlo tan crudamente y analizarlo con tanta aspereza. Por mi parte, no crean que a mí no me cuesta también aceptarlo, dividido entre el deseo de contemporaneidad y las raíces de un niño en la ciénaga intelectual de los ochenta.

Por eso, porque me cuesta tanto tomar posición en toda esta contradicción, decidí un día fijarme en la letra de himno y ver simplemente qué dice (lo encontraréis al final de este post).

Según lo que yo entiendo al leerla, descontextualizada del significado de la legión en sí, de su anacronismo y ese olor a rancio de la última dictadura que en teoría ya habíamos superado… , en fin, si uno se abstrae de todo eso, visto con objetividad, la letra del himno de la legión –una canción de cabaret adaptada a marcha militar en los años 20– no cuenta más que la historia de hombre que, desesperado, anhela la autodestrucción y decide alcanzarla entregándose temerariamente a la violencia institucionalizada que es la guerra. No lo hace por patriotismo, ni por lealtad, ni por ideología, ni por la Grandeza, ni por esas Ideas por las que Georges Brassens aconsejaba que, puestos a morir, mejor morir sin violencia…

El tipo no se alista en la legión por patriotismo sino porque se le ha muerto la novia, a la que ama locamente y sin la que la vida no tiene más sentido. Desesperado y cabreadísimo con esa vida, decide que ya solo puede ser novio de la muerte. Son razones puramente personales. Dicho mal y pronto, ¿no será un hijoputa sin escrúpulos al que el país le importa una mierda?. Quizá si, pero es en cualquier caso un hijoputa sin escrúpulos en el que cualquiera se puede convertir tras perder un amor tan asombroso y ahí está la clave del terrible romanticismo de la canción, cuyo origen es la música de cabaret. Su historia, su amor es tan magnífico que es digno se ser ansiado por todos demás –amar así, quién pudiera–… hasta el punto de ser cantado a coro y convertirlo en himno de un cuerpo militar que empieza negando la historia del individuo y su identidad.

Según la mística legionaria, sea verdad o no, gran parte de la épica de la legión se basa en que al ingresar en ella no te preguntaban por tu pasado. Podías ser un militar, un criminal, un fugitivo, un idealista, un genio o un imbécil… daba igual. Se trataba del cuerpo más temerario de todos, ¡La misma temeridad de alistarte era ya suficiente credencial!. El tipo de la canción lo sabía, por eso cuando muere su novia y decide autodestruirse, hacerse novio de la muerte y acudir a su cita con ella, se alista en la legión para luchar con más arrojo que nadie y darse el gusto morir por fin, llevándose de paso con el subidón a unos cuantos por delante.

Es una canción existencialistaa, inspirada en una nota supuesta que sus compañeros encuentran en su cadáver y en la que confiesa la soledad, el nihilismo y su desesperación. Parto sin embargo una lanza por él y es que me es imposible no acordarme de aquella cita de Camus: Una literatura desesperada es una contradicción en sus términos. (El Enigma, 1950) cita molona donde las haya y certera como pocas. Porque sí, porque alguien que escribe no puede haber perdido totalmente los escrúpulos.

No solo es humano sino muy hermoso –escribir a pesar de la desesperación–, pero no patriótico: La patria es sólo el contexto que hace posible la canción, una excusa, como la fe en Semana Santa; un constructo como la disciplina o la camaradería y todo lo que forma ese estado de embriaguez intelectual de que hablaba el periodista Sebastian Haffner en sus memorias (Diario de un Alemán, escritas en 1939 y publicadas en el 2000), al relatar su paso por servicio militar en 1933, en el que, a pesar de oponerse a las armas, se lo pasó bomba (muahaha), pero tras el cuál se sintió completamente vacío:

“Para poder hacerse una idea de este punto crucial hay que considerar que la camaradería anula por completo el sentido de responsabilidad propia, tanto en el terreno civil, como, lo que es peor, en el religioso. Quien vive en un entorno de camaradería está exento de toda preocupación existencial, de la dureza que conlleva la lucha por la vida. En el cuartel tiene su campamento, comida y uniforme. El transcurso de la jornada está planificado hora por hora. No debe preocuparse lo más mínimo, pues ya no ha de regirse por esa máxima severa de «cada uno es responsable de sí mismo», sino por esa otra, tan generosa y flexible, del «todos para uno». Una de las mentiras más desagradables es la que sostiene que las leyes de la camaradería son más rígidas que las que imperan en el ámbito civil del individuo. Todo lo contrario: aquéllas se caracterizan por una laxitud que casi debilita y únicamente se justifican en el caso de los soldados que van a una guerra de verdad, para quienes van a morir: sólo el pathos de la muerte permite y soporta esa tremenda dispensa de responsabilidad vital. Y ya se sabe cuán incapaces son incluso los valerosos combatientes que han pasado demasiado tiempo sobre el mullido almohadón de la camaradería de adaptarse a la dureza de la sociedad civil.”

En ese estado de embriaguez mental sus compañeros encuentran la nota y descubren su secreto –no es un patriota sino un hombre desesperado–… y de la impresión, en lugar de cabrearse, lo convierten en su propio himno. Toda una reivindicación del individuo contra lo que esperan de él, no muy diferente de la que hace Haffner cuando confiesa que aun estando en contra del servicio militar y del nazismo –que ya era un hecho en la calle y estaba destruyendo el mundo de libertades en el que creía–, se lo pasó jodidamente bien haciendo la mili.

Además de la metáfora individual, existencialista como pocas, el cuadro del frutero es una obra que nos devuelve al contexto que en que surge, pero no para reafirmarlo, sino para cuestionarlo. Un legionario que juega al ajedrez contra un oponente ausente. Un oponente que o no existe o se ha marchado o como en el caso de algunos ajedrecistas,… no es sino él mismo. Y todo esto, para colmo, bajo el apoyo y la asesoría de la muerte. Es en cualquier caso el retrato de la partida inútil de una figura condenada, perteneciente a una sociedad que para evolucionar tendrá que abandonar el lastre de figuras obsoletas, rancias ya, estancadas en el más viscoso conservadurismo sentimental y su épica irracionalista, que está muy bien para el arte, pero que yo prefiero sin metralletas.

El cuadro puede parecer hortera de cojones, pero es elocuente como él solo. No podría hablar mejor de la contemporaneidad.

Quizá sea esto la horteridad: la verdad camuflándose bajo un aparente ingenuo mal gusto. Si como decía Kundera el Kitsch es la negación de la mierda, la horteridad es la afirmación de la mierda, la capacidad de mirarla sin miedo y comprender la urgencia de su mensaje.

Alteridad… horteridad.

Me digo en bajito llamando al timbre. Horteridad… Si suena hasta bien.

Horteridad.

Mamá, abre porfa, que traigo los tomates para el gazpacho.

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EL Novio de la Muerte

Nadie en el Tercio sabía
quien era aquel legionario
tan audaz y temerario
que a la Legión se alistó.

Nadie sabía su historia,
más la Legión suponía
que un gran dolor le mordía
como un lobo, el corazón.

Más si alguno quien era le preguntaba
con dolor y rudeza le contestaba:

Soy un hombre a quien la suerte
hirió con zarpa de fiera;
soy un novio de la muerte
que va a unirse en lazo fuerte
con tal leal compañera.

Cuando más rudo era el fuego
y la pelea más fiera
defendiendo su Bandera
el legionario avanzó.

Y sin temer al empuje
del enemigo exaltado,
supo morir como un bravo
y la enseña rescató.

Y al regar con su sangre la tierra ardiente,
murmuró el legionario con voz doliente:

Soy un hombre a quien la suerte
hirió con zarpa de fiera;
soy un novio de la muerte
que va a unirse en lazo fuerte
con tal leal compañera.

Cuando, al fin le recogieron,
entre su pecho encontraron
una carta y un retrato
de una divina mujer.

Y aquella carta decía:
“…si algún día Dios te llama
para mi un puesto reclama
que buscarte pronto iré”.

Y en el último beso que le enviaba
su postrer despedida le consagraba.

Por ir a tu lado a verte
mi más leal compañera,
me hice novio de la muerte,
la estreché con lazo fuerte
y su amor fue mi ¡Bandera!

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3 thoughts on “Arte rancio y fruta fresca.

  1. Qué bueno! Tocas muchos temas y muy bien. Después de tanto yihadista, no tendrá sentido el cristo rodeado de armamentos?
    (El himno de la legión es otro, no el novio de…)
    Abrazos fuertes.

    • Quizá desde un punto de vista medieval tengas razón en la humorada –que a mi me parece muy agria aunque conociéndote pillo el tono–, pero creo que el medievo es algo que ya habíamos superado, aunque nos haya costado algunos años más allá del medievo.
      Un abrazo muy fuerte a tí también.

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