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En julio aprobaron la Ley Mordaza. Aquel día yo volaba de Berlín a Málaga para ver amigos y familia, disfrutar del sol, del mar, los espetitos y con suerte algunas olas… Ya me recreaba yo en todo esto mirando la lluvia del verano Alemán chorreando por la superficie del cristal del autobús. Solo tenía esa inquietud que me asalta desde hace años cuando pienso en España. Por lo demás iba tranquilo y contento, por fin, camino del pequeño aeropuerto de Tegel.
Los berlineses están secretamente orgullosos de sus dos pequeños aeropuertos. Y es que hasta en el diseño tienen algo de Playmobil: o demasiado artificioso o demasiado simplón. Lo curioso es que si los berlineses están tan orgullosos de sus aeropuertos es precisamente por eso: porque no tienen la apabullante dimensión de los aeropuertos contemporáneos. En ellos no hay kilométricos recorridos buscando la puerta, ni autobuses lanzadera. No hay dudas, ni carreras, ni carreras dudando, que es todavía peor. No se pierde un solo minuto en el estrés que a menudo representa, por lo menos una primera vez, orientarse en los aeropuertos del mundo –entre anuncios de relojes, tiendas de ropa ofreciendo monopatines, quioscos de electrónica y hamburguesas de gourmet–, como una rata en el laberinto de un inmenso experimento psicosocial.
Hace tiempo que están construyendo un aeropuerto nuevo, grande, ya un poco más a la altura de otras grandes apitales; pero las obras se están retrasando por un asunto de corrupción –Berlín o Castellón, da igual, la corrupción no entiende de geografía y menos si hay ladrillos de por medio–. Lo curioso es que hay muchos berlineses que se alegran –nos alegramos– del retraso de las obras. Para nosotros es como si la vida estuviese dando ventaja a aquellos que en realidad no cambiaríamos por nada del mundo nuestros pequeños y sencillos aeropuertos.
Mientras tanto, dado que los aeropuertos de Berlín son tan pequeños, los tiempos y la modernidad no ha podido someterlos a esa operación consistente en transformarlos así-como-quien-no-quiere-la-cosa en el enorme centro comercial en el que se han convertido aeropuertos y estaciones de trenes por todo el mundo. Sencillamente la escala no da para grandilocuencias. No me malinterpreten, en los aeropuertos de Berlín sí hay actividad comercial, sin duda: joyerías, cervecerías, restaurantes, librería, telefonía, duty-free… pero desde luego no hay tanta actividad comercial como para que no se pueda sentir todavía el aire de la partida y los reencuentros, la inconfundible atmósfera que se respira en los verdaderos templos del Viaje. A Tegel o a Schönefeld uno llega y en pocos minutos encuentra su puerta de embarque y, a falta de más opulente entretenimiento, se puede sentar a leer, moñiguear con la tablet, disfrutar simplemente de la proximidad del viaje mientras espera tranquilamente. A mí lo que más me gusta de esperar es leer, porque cuando leo la espera ya no es espera, sino un chapuzón en historias al margen del tiempo, un viaje a través de lo que los demás cuentan y, en fin, todas esas cosas que se dicen sobre la lectura… y que son verdad. Lo irónico de todo esto es que algo tan teóricamente dinámico como viajar en avión lleve a algo tan prácticamente estático como estos ratos de espera… pausas durante las que uno puede por fin entregarse a estas cosas.
La cosa es que mientras pienso en todo esto acabo de caer en que se me ha olvidado el puto libro. Kacke! –ja, me encanta, es como mierda en Alemán pero sin la agresividad con la que suena mierda en Alemán, y en verdad en cualquier otro idioma–. Ante la perspectiva de las horas muertas sin libro que me esperan me siento de pronto indefenso, como vulnerable, más aún después de haberos vacilado hace un momento con el asunto de leer, la espera que no es espera, blablabla. Bueno, reconsiderando la situación, en realidad no ha pasado nada que el Reto Cotidiano de Leer el Periódico en Alemán no pueda arreglar. Entro en la tiendita de prensa y souvenirs. Hay periódicos en castellano. Mmm… pero con la incómoda sensación de que hoy aprueban la Ley Mordaza y con la rancia montaña de basura política y corrupción que ofrece la política Española, se me quitan las ganas de leer noticias sobre España. Ya las leeré cuando llegue.
Además, me digo… ¡qué periódico en Español ni qué niño muerto! ¡tú eres un berliner! Si lo has dicho tu mismo unos párrafos más arriba. Buf, es verdad, dalevengavá. De modo que me acerco y cojo Die Zeit, un periódico de reportajes muy currados. Die Zeit es además un periódico con genuino formato periódico alemán, es decir, con las hojas enormes y todas las secciones separadas en tochitos de pocas páginas que tengo que agarrar con sumo cuidado para que no se me deshoje ni se me vuele con cualquier corriente de aire, desperdigándose por toda la habitación o, peor aún, envolviéndome a mí mismo –en cualquier caso siempre es mejor verme envuelto en reportajes de Die Zeit que en noticias sobre política en España–. Procurando disimular mi orgullo, pero sobre todo mi torpeza, me dirijo hacia la caja. Cuando paso por la sección se juguetes no puedo evitar echar una ojeada. Me gustan los juguetes, no solo por la emoción que producen en la mente del que juega, el ejercicio de imaginación liberada que les da sentido y por un instante hasta algo de vida, sino también por el inmenso potencial de aprendizaje y experiencia que entrañan, su capacidad como lenguaje en todas sus consecuencias: lo que representan, lo que quieren decir, lo que podrían decir, lo que van a enseñar a través de sus mecanismos físicos, sensoriales, sociales, como objetos a través del que la sociedad empieza a hablarle a sus individuos desde el principio mismo de la infancia. Tenga la edad que tenga, a través de los juguetes se asoma uno al mundo en que vivimos, el que hemos vivido y sobre todo el que viviremos.
Es la típica sección de juguetes de duty-free de un aeropuerto, donde juguetes para todas las edades se exponen mezclados entre la esperanza y alivio –la esperanza de acallar niños demasiado pesados y poder olvidarse un rato de ellos, y el alivio de la ultima oportunidad de no volver sin nada para los niños de los que sí nos habíamos olvidado–.
Hay cochecitos, los típicos modelos alemanes: los Trabants de la extinta RDA –que ahora es pop art –, las clásicas furgonetas Volkswagens Westfalia y escarabajo –que siempre lo fueron–, pequeños BMW sin épica alguna, pero con buenos motores –que hoy mira uno con cierto recelo.
Hay también aviones de distintas líneas aéreas. Algunos aerodinámicos y realistas, otros verdaderamente rechonchos, fabricados con humor y ternura para niños muy pequeños y/o sin sentido alguno de la proporción. Y hay clics. ¡Coño, Clics! ¡Cómo me molaban los clics! Posponiendo mi rato de buena prensa –y de pagar a la cajera que ya me observa con cierto hastío– decido perder unos buenos minutos mirando el estante de los clics. Por supuesto, mientras miro los Playmobil no me olvido de poner esa cara de oh-no-oh-no-es-lo-que-parece-que-yo-lo-que-busco-es-un-regalo-para-mi-sobrino que ponemos muchos adultos cuando nos entregamos al placer de ver juguetes. Mmmmmm. Clics. Cómo me molan los cl…
Entonces me quedo estupefacto.
En la vitrina llena de cajitas y blisters de Playmobil me encuentro empaquetada a la policía antidisturbios. Me acerco a examinarlos con la cautela exagerada de quien se acerca un bicho tras el doble cristal reforzado del zoo. Chalecos antibalas, cascos con máscara, porras y escudos, rifles de pelotas, una pistolita… policías antidisturbios, perfectamente equipados y armados como si vinieran los vándalos… ¿Los vándalos?, me pregunto, ¿Pero qué vándalos?Pues los vándalos, joder, me digo: los vándalos de ese mundo universal que los “playmobil” representan, donde siempre es verano y siempre nieva, donde hay astronautas y caballeros andantes, donde conviven bomberos y aztecas y… ¡Y vándalos!, añado intentando completar mi propia respuesta, Ahá. Comprendo ¿pero dónde están los vándalos?. Busco alrededor por toda la vitrina. Efectivamente, entre los demás clics hay de todo: granjeros, taxistas, una familia con un yate de recreo, un equipo médico con un señor accidentado, un náufrago en su pequeña isla, un domador de leones, un Sherif y un Toro Sentado fumando en una larga pipa, un taller mecánico, una patrulla de bomberos con un gato al que rescatar y una señora mayor que los mira con angustiado agradecimiento… gente como tú y como yo, y como cualquiera que más o menos está intentando vivir y disfrutar de la vida. Pero no hay un solo kit de terribles y peligrosos manifestantes de Playmobil.
– ¿Y vosotros? –les digo, un poco bajito para que no me oiga la cajera hablarle a un blister de los clics–…
¿A quién estáis esperando?

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One thought on “¿A quién estáis esperando? 2. el miedo y/para/a los niños en la duty free

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