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Recibí una carta bastante incendiaria en la que me hablaba sin parar de “la mía mediocridad”.

Era de una persona con la que había tenido una larga aventura, de esas a las que nunca os entregáis del todo pero que a la vez nunca acabáis de terminar. Yo había seguido las reglas de juego con mucha rigurosidad, es decir, ateniéndome siempre a los derechos y deberes de nuestro pacto –bastante escasos por lo demás–, e ignorando  esa ley interior que consiste en abstenerse de hacer algo por el daño pueda producir a los demás a pesar de tener derech, ya que, aunque lo que nos haga sufrir no sea una injusticia, no por eso deja de . Y en que si puedes evitar el sufrimiento ¿por qué no hacerlo?

En suma, aun siendo coherente con nuestro juego, pude además impedir que nos hiciera daño y no lo hice. Ni me impedí hacérmelo a mí mismo, ni impedí que se lo hiciera a ella. Ahora, terriblemente dolida, me escribía una carta en la que en vez de hacerme verdaderos reproches me ponía como un tipo rematadamente mediocre.

Ella identificaba la maldad con la mediocridad. Podías ser un gran doctor, un gran escritor, un arquitecto admirado por todos, un artista en el centro de la escena, un ingeniero maravilloso, el creador de una fantástica red social o el fundador de un proyecto millonario… pero si eras malo, eras mediocre. Ya está. Para ella, lo difícil, lo heroico, era mantener la bondad en este mundo tan complicado. A esa capacidad ella lo llamaba “coherencia”, coherencia con el deseo de superarse. Yo no estaba de acuerdo. Se puede ser también bastante coherente, le decía en nuestras discusiones, con un sistema basado en el mal, en el daño y la crueldad. Cultureta, fiel a las palabras, trataba una y otra vez de hacerle entender: La coherencia solo es una forma de lógica, pero no es ética en sí misma. Aquello era arrogante por mi parte cuando no acto de sadismo, porque con ello insistía en discutirle cuando en realidad la entendía perfectamente.

Mi discurso era como arena de mucha calidad tan fina que se le escapaba entre los dedos. El suyo era tierra, tierra húmeda, mezcla de arcilla con terrones, piedritas y raíces, gusanos y bichos muertos. Tierra fértil, de esa que te pesa en las manos, mucho menos elegante pero mucho más real.

Aunque me diera vergüenza admitirlo, aquel vistoso apunte de filosofía de café sobre la lógica, la ética me parecía a mi mismo una verdadera chorrada al lado de lo que ella quería decir. Porque lo que ella quería decir quizá no era tan coherente pero era importante. Ella hablaba de la posibilidad de un mundo bueno, pero bueno de verdad, de una bondad fértil; de cómo se construye y se describe esa posibilidad con las pistas invisibles de una empatía profunda y un honesto deseo de evitar el sufrimiento, cosas para las que ser listo o inteligente ya no era suficiente.

Lo cierto es que yo también dejé hace tiempo de admirar demasiado a la gente por sus logros intelectuales, profesionales y artísticos. He conocido a suficientes triunfadores en su profesión, su disciplina y su arte que en el trato con las personas me han parecido verdaderos imbéciles sin corazón. Al igual que he conocido a muchos mediocres que quizá nunca vayan a hacer nada que otros recuerden pero que tienen un corazón que no les cabe en el pecho, respetan incondicionalmente a quien se les acerque y evitan meterse en situaciones que produzcan dolor ajeno. ¿Son ellos de verdad uno mediocres?

No es una pregunta retórica: ¿Hay un arte más elevado que el de ser persona entre las personas? Puede parecer una chorrada pero es una pregunta que me ha inquietado siempre: ¿cómo ser persona entre las personas?

Mientras leía aquella carta en la que me ponía como un mediocre, me revolvía de rabia contra ella recordándome a mi mismo mis títulos académicos, mi carrera, mis postgrados, mis obras, mis publicaciones, mis premios y reconocimientos, mi inteligencia, mi creatividad, mi capacidad de lucha, de irme a lugares nuevos y aprender sin parar, mis 5 idiomas, mi experiencia, mis años de emigración, la aventura, la miseria, la reinvención…  Todas mis habilidades y logros ardían de indignación leyendo aquella carta sobre la mía medioridad.

….¡Esta tía es tonta!, ¡Tonta del culo!

Sin embargo guardé la carta. Más aún: hoy vengo aquí, años después y escribo sobre ella.

<sup>Imagen: un Hipster, autor Raw Pixel, tomada de Unsplash. Una de las razones por las que jamás me he sentido cómodo con la estética hipster es que carece de toda posición ética o política, a no ser que se integre como un acto de narcisismo.  </sup>

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