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I.  Una hormiga pasa sus días sobre la superficie de un gran globo. Puede ir hacia adelante o hacia atrás, a la derecha o a la izquierda y puede girar sobre sí misma. Dos dimensiones y una posibilidad de giro que sumados dan a la hormiga tres grados de libertad.

El globo explota. La hormiga se precipita en el vacío o bien se eleva en el aire, violentamente liberado.

No solo puede caer o elevarse, también puede girar sobre sí como una golondrina en vuelo o como un nadador al saltar del trampolín. Una nueva dimensión y dos nuevas posibilidades de giro que sumadas a las tres anteriores le dan a la hormiga seis grados de libertad.

La hormiga atraviesa el espacio que creía conocer desplazándose y dando vueltas en él de un modo que nunca se habría podido imaginar.

La hormiga está en el hiperespacio.

Es tan ligera que el mismo aire es suficiente para mortiguar su caída. Y su exoesqueleto es tan duro que en realidad basta para resistir las fuercitas y tensiones del impacto.

La hormiga aterriza por fin en el suelo: un nuevo espacio bidimensional. Sobre él ya no puede girar como una golondrina ni dar volteretas como un nadador. Tampoco puede elevarse ni hundirse. Todo vuelve a la normalidad.

¡Pero vaya susto! ¡El hiperespacio, con sus nuevas posibilidades y sus terribles grados de libertad!.

II. Tu, mi niña, crees que el universo es un punto gordo. Un punto en el que pasan muchas cosas y en el que todo se concentra: vibraciones, sabores, sonidos, cálidamente amortiguados a través del líquido que lo contiene.

De repente el universo empieza a estrecharse. Aprieta y se hace cada vez más incómodo. Tu buscas una nueva manera de apañátelas en él, de encajar en ese punto que se hace más y más pequeño, empujándote como contra ti misma. No sabes qué es ni cuánto durará. Sólo sabes que el universo se estrecha y que pronto no cabrás en él.

Mientras tanto reconoces las voces del universo, gritos, respiraciones, alguna risa, nerviosa, llena de angustia e incertidumbre.

De pronto la presión desaparece. El universo se expande de golpe, inmenso como nunca te lo pudiste imaginar.

Tu cabeza y tus brazos parecen querer caerse de ti como si fueran objetos extraños, tirados por el lastre e inercia. Eso, mi niña, es la gravedad.

El líquido dulce y sexual que lo contenía todo entre cálidas paredes ha desaparecido con ellas. En su lugar queda un frío terrible en medio de una levedad sin nombre. Eso, mi niña, es el aire, que tendrás que descubrir, y la desnudez, que tendrán que enseñárte.

Apenas tienes unos minutos para aprender a respirar ese aire y desplegar la bolsa de tus pulmones, activando un ciclo que te acompañará ya hasta la muerte.

Sin amortiguar por el fluido que te rodeaba, nuevas frecuencias te entran ahora por los oídos.
El sonido estridente del mundo.
La voz que te acompañaba ya no es la misma.
Tu tampoco tu eres la misma para ella.

Los ojos se te inundan de luz y la nariz de locas realidades.

Como la hormiga en el hiperespacio, así caes tu al mundo.

III. Veo a mi compañera, el ser amado, en quien más confío, bajar a lo más primitivo de su biología. Yo la sigo, precipitándome con ella en un proceso en el que, si bien nos aventuramos con el espíritu y la razón –porque amar es razonable–, ninguno de estos nos servirá para acabarlo.

He visto un ser humano formándose en su interior, desplazando sus órganos y apelotonándolos donde buenamente cupiesen, deformándola por dentro e hinchándola espectacularmente por fuera.

He visto crecer a esa persona dentro de otra persona
hasta que ya no cabía más.

Ahora veo, apoderarse de su cuerpo, las fuerzas de la expulsión. Movimientos peristálticos que recorren las paredes de su interior empujando a la persona que habita entre ellas sin que ninguna de las dos puedan evitarlo, como nadie puede evitar los movimientos del esófago, el vómito, la digestión.

Veo cómo este proceso la va llenando de dolor; primero en pequeñas oleadas, luego en olas de verdad más y más grandes, como el mar cuando casi sin que te des cuenta, se vuelve o más y más intranquilo.

Y ahora estamos en la tempestad. Ella tiene la tempestad en su interior. La veo a través de sus ojos, sujetándola mientras el mundo se mueve como el camarote de un navío.

En este mar profundo, insondable, veo de pronto las olas en la piel de su vientre. No es una metáfora: son olas de verdad, series de ondulaciones breves, muy seguidas, vibrantes como una llamada.

Puedo ver las contracciones, le digo. La voz se me quiebra. Lloro. Lloro como un físico que después de décadas de estudios y conferencias hablando de ellas, ve con sus propios ojos las ondas del universo. Lloro porque la contracciones ya no son algo que me cuentan los libros o que me anuncian sus gritos de dolor, sino una realidad que pasa claramente entre mis manos mientras la sujeto.

Son las ondas que empujan a mi hija hacia el exterior con tal violencia que parecen estar a punto de matarla.

Veo entonces a mi hija por primera vez: una cabeza que asoma por el sexo de mi compañera y cuelga exhausta en el aire de la habitación.

Mi compañera empuja otra vez cogiendo la última ola de dolor, fundiéndose con el dolor mismo en un solo ser de carne y urgencia. El cuerpo de mi hija cae por fin como un amasijo orgánico sobre la cama. Un largo cordón de carne amarilla la ata todavía a su antiguo universo.

Veo sus hombros
y en ellos veo mis hombros
y los de mi padre.

Respira pesadamente y llora con voz afónica.

¿Qué sabemos los hombres de la violencia? Camorristas, pandilleros, chuletas, soldados, dirigentes, directivos, clérigos,… ¿qué saben?

Si los hombres parieran habría sin duda menos violencia en el mundo.

Recibo el nacimiento de mi hija como una transformación, llena de dolor y de conocimiento: un sacramento en el que lo más primitivo y lo más elevado se unen en un eje infinito confirmando el sentido de todo y el absurdo de todo.

Veo a mi hija nacer y con ello ampliarse nuestro universo: nuevas visiones, nuevos recuerdos que pronto fijará en la superficie límpida de su memoria y en el papel arrugado de la mía, nuevas palabras, que aprenderemos juntos y pocuraremos usar con gracia, nuevas ideas, nuevas preguntas, nuevos mañana…

Una nueva dimensión que introduces en nuestras vidas y que no sé todavía como vamos a manejar.

La hormiga encuentra en el suelo su nueva superficie.
Y yo también encuentro un nuevo suelo bajo mis piés: la topografía cotidiana de una nueva vida en familia.

Las dimensiones no son lugares lejanos sino grados de libertad. Las dimensiones, sean cuantas sean, están aquí y ahora. La cuestión no es llegar a ellas, sino percibirlas y hacerse a la libertad que nos brindan, movernos en el eje infinito con el que atraviesan el universo.

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Escrito para la voz del concierto “Kaluza-Klein, Pioniere durch Klang und Raum”, en el que músicos, poetas y otros artistas reflexionamos a través de la música clásica, la literatura y el teatro sobre la posibilidad de que el universo tenga más dimensiones de las que percibimos, inspirados en las teorías con la que los físicos Kaluza and Klein sacudieron los pilares de la física en los años 20 y en otras experiencias que a veces sacuden los pilares de la propia vida.

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4 thoughts on “Si los hombres parieran… (noticias del hiperespacio)

  1. Qué bonito, en serio, me ha encantado. Hay un montón de frases que son pequeñas joyas. Tienes un don para ser poético quedándote en lo físico.

    Eso sí: si te tuviera delante, te diría que yo lo empezaría en el punto II. Tú me responderías que eso sería más comercial, y que lo sabes, pero que tú quieres hablar de hormigas y del universo, que tiene sentido si miras el texto en conjunto. Yo sacudiría la cabeza, exasperada. Tú me dirías que no entiendo tu arte y que soy mala mala mala.

    Y luego los dos (espero) nos echaríamos a reír.

    Besitos para los tres.

    • Sí, sería exactamente así, o casi… porque de lo que yo quiero hablar no es de hormigas sino del hiperespacio.

      Por lo demás, lo has clavado, bruja,… risas incluidas.

      Muchas gracias por el elogio.

      Besillos.

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